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viernes, 28 de febrero de 2020

NOTAS SOBRE TERRENCE MALICK



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e dice que todo gran autor hace siempre la misma obra, que su universo temático repite una o muy pocas ideas a las que es fiel prácticamente de por vida. Si esto es cierto, es desde luego aplicable al universo creativo de Terrence Malick (Otawa, Illinois, 1943). La visión de su último film, La vida oculta, nos lo confirma una vez más. Sin duda hay una poderosa fidelidad a sí mismo y esa fidelidad se extiende a la propia desmesura de su obra fílmica. <<Desmesura>> no es, en sí mismo, un concepto peyorativo, pero puede jugar en contra del autor. Es un riesgo en el que Malick corre conscientemente y que, sin duda, al menos en algunos largometrajes le habrá privado sin duda de una audiencia mayor. Mas, habría que preguntarse por las razones de esa <<excesividad>> consciente de Malick. Ha de ser inequívocamente voluntaria: reiterar hasta la saciedad las caricias y juegos de manos amorosos entre los esposos, una y otra vez (Pitt y Chastain en El árbol de la vida; los protagonistas de La vida oculta, continúan idéntico ritual: los cuerpos se tocan y acarician, se estrechan y se abrazan con absoluta obsesividad. Obsesividad hay en esas continuas miradas al cielo y obsesivas son las preguntas que se dirigen al Creador: desde la duda o desde la fe, se le interroga sin piedad. Reiteradas son las miradas a la naturaleza en sus películas, junglas y colinas del Pacífico, árboles de gran porte, valles y montañas alpinas. La naturaleza en el cine de Malick parece, a primera una afirmación de panteísmo: la sublimidad y belleza desmesurada donde todo sucede, los árboles que parecen estar allí desde el Paraíso Terrenal, la fecundidad de la jungla y la suavidad de los mares.. Todo parece afirmar un inmanentismo perfecto donde el hombre puede ser la única imperfección visible, la enfermedad de la piel de la Tierra como decía Nietzsche.

¿Cuál es la religiosidad de Malick?
A mi parecer la tensión malickiana entre interpretar la existencia de modo inmanentista-panteísta o buscar una inteligencia superior ordenadora (monoteísmo) no se resuelve en su cine. La omnipresencia de lo <<natural>>, lo <<paisajístico>>, es abrumadora y es por lo general belleza absoluta (una creación completa y <<perfecta>>). La belleza envuelve, interactúa e interpela a los soldados americanos en las islas del pacífico, a los británicos que llegan al Nuevo Mundo y a los campesinos austríacos de La vida Oculta. Tal naturaleza parece decir insistentemente: todo lo que ves es <<sagrado>>. Si el hombre ajusta su vida a sus ciclos, a sus tiempos podrá vivir una vida plena. Y plena es, efectivamente, la vida de los aborígenes australianos y la de los indios americanos extrañados ante las presencias invasoras; incluso idílica parece la existencia de la comunidad alpina de La vida oculta. Pero ese raro equilibrio es alterado siempre por la irrupción de la Historia. Ingleses en el siglo XVII, nazis o americanos en el XX, introducen a los <<pueblos sin historia>> (pueblos <<felices>> para Borges) en el mundo histórico, es decir, en el conflictivo, el desajustado.
   Del mismo modo, las imágenes que en El árbol de la vida sugieren la creación del mundo destellan la misma ambigüedad: ¿hay una inteligencia ahí afuera que lo ha dispuesto todo o es la casualidad y el azar quienes han formado el mundo?
   Constantemente emergen continuos planos del horizonte, del cielo, del sol y los atardeceres, hacia donde los personajes de Malick dirigen sus preguntas. Tales preguntas –más que seguridades de fe- exponen el anhelo de esa potencia suprema y comprensiva. Pero, en la mayoría de los casos, no hay respuesta... ¿Coincide Dios concretamente con lo vivo, con su propia creación? ¿Es un poder lejano que ve, escucha y no interviene? ¿Está ahí, es siquiera? Los personajes de Bergman también buscaban desesperadamente claridad y respuestas, como en Los comulgantes; pero el contexto del que la ansiedad de saber brotaba se aleja profundamente del de Malick. Los personajes de Bergman preguntaban desde la ausencia, no desde la presencia, de la belleza y el amor en el mundo, tratando de resolver el misterio de sus faltas personales, la falta de amor. No es el caso de los personajes de Terrence Malick.
Individuo, comunidad e Historia
En el cine de Terrence Malick se da una constante tensión entre el individuo y la comunidad. Podría parecer una ingenuidad considerar que las comunidades que Malick nos muestra en sus películas son comunidades idílicas, linealmente integradas en la naturaleza; más bien, siempre tienen en sí el germen de su enfrentamiento y descomposición. La aparentemente equilibrada y cohesionada comunidad alpina en La vida oculta, que parece permanecer al margen de los acontecimientos históricos de los años 30, resulta sin embargo pronta a enfrentarse y rechazar al individuo que no cumple las normas; de manera que el protagonista y su familia, al no incorporarse a filas, sufren el rechazo y el desprecio de sus vecinos. Por tanto, tenemos la impresión de que Malick pretende situar la única posibilidad de lucidez y salvación no en lo colectivo, sino en el individuo concreto, el individuo objetor, o en el soldado que es consciente de la absurdidad de la guerra, de las patrias y banderas, capaz de mostrar compasión con el sufrimiento de los soldados japoneses (La delgada línea roja). Solo a los individuos parece estar reservada la posibilidad de la lucidez, y solo a los individuos parece reservada la posibilidad de vislumbrar algo que está por encima de ellos mismos y, potencialmente, de hablar con una realidad superior. En este sentido parece correcto decir que de la misma manera que el sabio que se libera de la caverna platónica y es capaz de ver la luz, así, tanto John Smith como otros personajes de Malick pagan la lucidez de la comprensión (de que existen otras formas de vida respetables más allá del grupo propio) con el rechazo de los suyos. En cierto modo, esto es muy <<cristiano>>, y nos preguntamos cuánto de cristianismo, mezclado con otras formas de espiritualidad, hay en el cine de Malick.     
   Sin embargo, a la vez se nos oculta (o se nos escapa) entender de dónde han sacado la lucidez y la fuerza comprensiva tales individuos, que no lo verbalizan (no lo hace el objetor de La vida oculta, llevado al sacrificio). Porque el sacrificio es, naturalmente ligado con todo lo que estamos diciendo, un tema recurrente en el cine de Malick.

¿Gesto o lenguaje?
En el cine de Malick el lenguaje <<corporal>> tiene un mayor peso y trascendencia que el lenguaje <<verbal>>. Hay una especie de desconfianza radical hacia el lenguaje humano, como si siempre estuviera tiznado por la sombra de la insinceridad. Las conversaciones son a menudo fragmentarias e incompletas; los rostros que hablan pueden no pensar lo que dicen. Puede ser importante aquí la idea de los rodajes y de los guiones sometidos al momento y a las improvisaciones, según se desprende de lo que sabemos son la manera de trabajar de Malick. En cualquier caso, hay un tiempo recurrentemente dedicado a que hablen los cuerpos: lo que hacen las manos y las miradas parece revelar la verdad de los seres que no expresan sus palabras. Los personajes, las parejas de su cine, están continuamente entregados a las caricias mutuas, a las manos que se entrelazan, cuerpos se tocan, siempre evitando desde luego cualquier manifestación explícitamente sexual. Las anatomías están en una especie de danza continua, los personajes flotan y se mueven unos en torno a otros, a lo que contribuye esa manera leve e ingrávida de mover la cámara.


miércoles, 22 de enero de 2020

DE LA CONVENIENCIA DE LECTURAS REACCIONARIAS



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Tendemos a leer solo a los «nuestros», a ver cine de los nuestros, las televisiones, los periódicos que se acomodan a nuestra ideología. Es una tendencia natural, pero es una limitación clara. Es conveniente acercarse al pensamiento que solemos rechazar con todas nuestras fuerzas, al pensamiento conservador y aún reaccionario. Ved que no digo a los políticos, los economistas o los periodistas reaccionarios, porque aquí –también puede suceder en la izquierda- hay una impostura estructural, constitutiva. Por la simple razón de que no se puede expresar genuinamente el pensamiento sin buscar una utilidad o una ventaja. Esto no tiene por qué suceder en el caso de escritores o literatos que muestran en puridad su pensamiento, sin cálculo, porque les sale sinceramente. Y es en este sentido en el que una tradición de pensamiento que puede incluir a grandes «enemigos de la sociedad abierta» es profundamente formativa. Creo que no será necesario exponer las razones de todo esto: una cosmovisión sinceramente conservadora contiene una parte del pensamiento y del saber del mundo, aunque esté escrito en una coyuntura especial, o bajo un disgusto importante, o un cabreo, forma parte del pensamiento que enriquece el mundo. Los grandes reaccionarios son «perdedores» de algo y contra algo. Platón perdía contra la polis o el avance del demos; De Maistre, o Bonald, veían perderse un mundo y abrirse otro para ellos incomprensible. El Carlismo pudo pensar en el eclipse de un orden «natural» que tejía redes de seguridad entre los seres y que el liberalismo urbano habría de destruir; Marx reconocía grandes méritos al mundo burgués que quería destruir; Nietzsche al orden católico medieval; los frankfurtianos eran «conservadores» de un respeto a lo natural que el capitalismo había cosificado.

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 Existiría entonces una línea difícil de establecer entre el pensamiento que “mira hacia atrás” y aquel que pone sus ojos en lo porvenir. Esto lo vio bien Walter Benjamin cuando hablaba de la revolución como «freno» al descarrilamiento del mundo. Y es que no hay nada más «progresista» que el capitalismo abandonado a sí mismo.
   Algo de esto advirtieron los conservadores, algo que se podía “perder” para siempre con el “avance” de los tiempos. Mas, ellos se fijaron en lo que sucedía súbita y espectacularmente: las revoluciones «políticas», y no pudieron advertir la gravedad transformadora de lo que sucedía mucho más despacio y silenciosamente, la revolución económica; independientemente que aquel pensamiento se formulara bajo el inmenso peso de la religión sobre las conciencias o del poder de una concepción «aristocrática» del mundo.
   Incluso deberíamos atrevernos a repensar qué sentimientos de pérdida o qué miedos padecieron aquellos pensadores «fascistas» de los años 20 o 30.


jueves, 2 de enero de 2020

¿QUÉ PASA CON LOS INTELECTUALES?







Constituye un problema no menor intentar comprender la razón por la que tantos intelectuales, tenidos y considerados antes como progresistas, sean hoy implacables enemigos y acusadores constantes de las dos fuerzas principales de la izquierda española, y se comporten como rabiosos dobermans contra cualquier forma de nacionalismo periférico, sin distinción. También constituye un misterio saber por qué se manifiestan sin pudor con dirigentes populares de discurso concomitante con la extrema derecha (ver foto), políticos que juegan sin rubor con el rédito del terrorismo o con las vidas arrebatadas por el Covid-19. También nos gustaría comprender qué vieron muchos de ellos en Ciudadanos y en su líder –algunos incluso después de su deriva política, incomprensible incluso para antiguos compañeros de viaje- para seguir apoyándolo o no dirigirle la más mínima crítica (con excepciones, ya se sabe: Francesc de Carreras).
   Algunos filósofos, politólogos, escritores o periodistas simplemente se han convertido en furiosos enemigos de todo lo que les suena a progre. En esto, como en tantas ocasiones, vamos a rebufo de Francia, que ya tiene una amplia tradición de intelectuales, muchos de ellos maoístas furiosos en el 68, que ahora son en gran medida reaccionarios o, cuando menos, intelectuales-espectáculo. Me refiero a los casos, más que conocidos de Bernard Henri-Levy o André Glucksmann, entre tantos.
  Aquí, entre nosotros, un caso notable es el de Fernando Savater. En cada columna, cada sábado en El País, por ejemplo, se trata de fustigar a Sánchez, a Podemos, a los nacionalistas catalanes y vascos. Todo lo que hacen o deciden es un error, cuando no una traición al constitucionalismo o, como mínimo, condescendientemente, una ingenuidad. Y si hablamos de Savater, aún relativamente contenido, qué decir de un Félix de Azúa y cuantos se envuelven en un esteticismo olímpico y empiezan a disparar contra  quienes vulgar y plebeyamente se baten en la arena de la política. De los pocos que se mantienen en el análisis ecuánime, aunque para nada condescendiente ni con la izquierda ni la derecha, y a quien respeto por su trayectoria independiente es Antonio Muñoz Molina. De otros antiguos enfants terribles de la izquierda mejor no hablar, ya los hemos visto gozar entre las gentes de Vox.
  ¿Por qué sucede todo esto? No lo sé, pero, en cualquier caso, es un síntoma general de nuestra época –como analiza Enzo Traverso en Qué fue de los intelectuales- la muerte del intelectual clásico, azote moral y crítico de cualquier poder, en la línea Sartre o Camus, Marcuse o Adorno; raza hoy apenas representada por algunos intelectuales mayores como Noam Chomsky o Alain Touraine. El intelectual en sentido clásico, ha sido sustituido –siguiendo la interpretación de Traverso- por el “experto”, el tertuliano “mediático” o el politólogo que analiza gráficos y tendencias, pero jamás cuestiona legitimidades ni decisiones del poder.
   Si miramos la historia de España nada de infrecuentes han sido los cambios de tercio radicales de escritores e intelectuales. ¿Recuerdan a Baroja, a Ortega, a Unamuno?.. ¿Y los jóvenes falangistas que, afortunadamente, se volvieron demócratas y aún socialdemócratas como Dioniso Ridruejo?

 Tal vez, simplemente, como decía algún personaje de Bertolucci en El último emperador, es que no hay nada nuevo bajo el cielo.

lunes, 30 de diciembre de 2019


 Demasiado tarde para la Fe, demasiado pronto para la Ciencia


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oda la atmósfera intelectual que rodea a Nietzsche en la época de Aurora –aunque se haya dicho lo contrario- permanece fiel al espíritu que se llamó ilustrado. Y si lo decimos con palabras de Fernando Savater (al referirse al # 534 de ese libro), encontramos en Nietzsche nada menos que un partidario de la moderación:
Las pequeñas dosis. Para que una transformación se extienda todo lo posible y llegue hasta lo más profundo, hay que administrar el remedio en pequeñas dosis, pero ininterrumpidamente, a lo largo de un amplio período de tiempo. ¿Qué cosa que sea realmente grande puede crearse de un golpe? Nos guardaremos mucho de cambiar, precipitada y violentamente, las condiciones morales a las que estamos acostumbrados, ante una nueva valoración de las cosas; por el contrario, deseamos seguir viviendo así mucho tiempo, hasta que advirtamos —quizá muy tarde— que la nueva valoración ha acabado siendo dominante en nosotros, y que las pequeñas dosis, a las que nos tenemos que acostumbrar a partir de ese momento, han producido en nosotros una segunda naturaleza. De esta forma, empezamos a darnos cuenta de que el instinto definitivo de llevar a cabo un gran cambio en las valoraciones relativas a las cuestiones políticas —esto es, la gran revolución— no fue más que una patética y sangrienta charlatanería, que, en virtud de crisis repentinas, supo inculcar en la crédula Europa la esperanza de una curación súbita, lo cual ha hecho que todos los enfermos políticos se vuelvan impacientes y peligrosos.
   
En ésta etapa –al menos-, Nietzsche es consciente de que se vive en una época intermedia, por decirlo con palabras también extraídas de Aurora: demasiado tarde para la fe, demasiado pronto para la ciencia. Es consciente de que la época de los dogmas, de las creencias, está terminando para la humanidad; el debilitamiento de tales <<fuertes>> creencias morales (# 501), como lo es la creencia en la salvación del alma, abre las puertas a una  liberación de la humanidad de la dictadura de las urgencias escatológicas, y por tanto abre la posibilidad a la Razón. También sabe que la afirmación de la razón, de la ciencia (que sin duda se ha iniciado ya y es irreversible: la pasión por el conocimiento es ya una segunda naturaleza, dice Nietzsche en # 429, y los hombres no  aceptarían nunca un retorno a la barbarie, incluso a costa de una mayor infelicidad) va  a tardar en regir de una manera soberana la vida de las comunidades humanas. Dios ha muerto, dirá después en La gaya ciencia («Nuevas luchas»), pero la sombra que proyecta ese sol que ya se ha puesto puede durar todavía décadas o siglos.
Es absolutamente absurdo meter en una misma propuesta de análisis las consideraciones que Nietzsche pueda tener de los dogmas cristianos y de las creencias y el ethos que hay en el fondo del cristianismo, en tanto que propuesta de vida moral, que en más de un apunte parece compartir. Lo dice Savater, cuando reproduciendo el # 1 de Humano, demasiado humano escribe:
Esta observación, este mirar sin miramientos, es la gran aportación de la ciencia moderna cuyo uso subversivo establecieron los enciclopedistas. Es posible señalar un vínculo de continuidad entre esta actitud y la moral cristiana tradicional; la exigencia de veracidad, que con el tiempo se fue haciendo cada vez más insobornable hasta terminar volviéndose contra la propia religiosidad que la tenía como uno de sus principales mandamientos. Por respeto al octavo mandamiento, el hombre ha terminado por no creer en ninguno… De todas formas también el Evangelio daba su parte al amor propio y lo ponía como punto de referencia para el amor a los demás[1]

Es perfectamente defendible, como decíamos al principio, establecer que Nietzsche se mueve en principios propiamente humanistas e ilustrados en estos instantes de su producción intelectual, aunque vaya ya más allá del optimismo antropológico que pudo manifestar la Ilustración en la constante perfectibilidad de la especie humana por las luces y de la que Nietzsche, aunque quiere contribuir conscientemente a ella, es escéptico.
   Por eso, es bastante habitual encontrar en estos escritos numerosas actitudes beligerantes con el cristianismo como religión de dogmas esclavizadores; ello a la vez que pasajes enormemente próximos a un ideal moral cristiano, expuesto en una desnudez en la que sólo importa la voluntad de veracidad.




[1] En  Victoria Camps  (ed), Historia de la ética, 2 La Ética moderna, Crítica, pág. 585

viernes, 27 de diciembre de 2019

EL NIÑO COMO METÁFORA SUPREMA




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Pensando en la afortunada metáfora de  Eugène Biser, en su Nietzsche y la destrucción de la conciencia cristiana, y tomando uno de los ejemplos del teólogo, nos atrevimos a poner en relación –en la búsqueda de puntos de encuentro- la imagen más afortunada que desarrollan tanto Nietzsche como Jesús para ejemplificar la superación del drama de la existencia, para vislumbrar la metáfora de superación del hombre en Nietzsche, para vislumbrar la superación del pecado o la limitación humana en Jesús: el <<niño>>. Recordemos que el contexto en el que Nietzsche habla del niño como vislumbre de una tierra –la tierra del superhombre- que por fin ha alcanzado la redención y la inocencia aparece en varios pasajes de Así habló Zaratustra, especialmente en el capítulo De las tres Transformaciones: el camello (<yo debo>), el león (<yo quiero>) y el niño (<yo soy>). El contexto es el siguiente:
En otro tiempo el espíritu amó el «Debes» como lo más sagrado, pero ahora se encuentra forzado a encontrar la ilusión y el capricho incluso en lo más sagrado, y así poder capturar el amor de su libertad. Y para esta captura es necesario el león.
Pero decidme, hermanos, ¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el voraz león tiene que convertirse aún en niño?
El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí, hermanos míos, para el juego de la creación se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su propia voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.
Hay tres transformaciones del espíritu de las que os he hablado: cómo el espíritu se convierte en camello, después el camello en león y el león, finalmente, en niño.

Si  Nietzsche se hubiera detenido en la poderosa imagen del león, en la imagen del guerrero que impone su voluntad a los otros en la tierra, no hubiéramos podido liberarlo de todos los encuadramientos reaccionarios en los que ha sido incluido…; pero llegó a la expresión última de <<el niño>>, justamente la misma imagen que utiliza Cristo (Mateo 18:3) para mostrar a los hombres en qué deben convertirse y cómo deben actuar entre ellos y ante el Padre. En Jesús la expresión <niño> conviene a una existencia a la que se ha devuelto su plenitud, que ya no queda encerrada en el horizonte de la limitación temporal (Heidegger), ni en la que se produce la escisión entre el pensar y ser; puesto que el ser ha recuperado su plena plenitud, podríamos decir: <<yo soy>>. Así se pone fin al calvario del espíritu en Nietzsche.
Jesús quiere también la transformación radical de los hombres. Ni él ni Nietzsche se libraron del horizonte escatológico como es claro. ¿Por qué el niño en Jesús? Porque representa simboliza la actitud correcta para ejemplificar el Reino o la recepción del reino. Jesús exige plena confianza en el Padre, entrega sin cálculo a sus designios. Entrega sin cálculo es el niño que da la mano al padre y a la madre; apertura sin restricciones al otro. El sufrimiento del hombre viene precisamente por su imposibilidad de apertura absoluta, como bien señalaba Paul Valadier. Jesús y Nietzsche exigen esa apertura absoluta a lo totalmente otro, algo que el niño aún retiene, pero que el hombre ha perdido de modo irremediable. La apertura absoluta del hombre en nombre de Dios es lo único que puede acabar con el absurdo del sufrimiento y del pecado humanos. Para recibir el Reino hay que hacerse como los niños. Para ser digno de ‘pasar al otro lado’, al lado del superhombre, debe completarse la transformación camello-león-niño.
   En Nietzsche es ésta última la imagen más potente y más afortunada para revelar lo que pretende con la “transvaloración de todos los valores”: el niño que juega ajeno al tiempo, ignorante de la culpa y convirtiendo el presente en eternidad.
   Tanto Nietzsche como el cristianismo encuentran en el hombre un ser imperfecto, incompleto; tanto uno como el otro establecen un programa de mediaciones y de transformaciones; y tanto uno como el otro diseñan para el futuro una solución superadora de todas las limitaciones. Esta estructura corre paralela (lo cual no es ninguna novedad), si como creemos tiene razón Karl Löwith al afirmar que todos los pensadores europeos, por muy ateos que fueran o se manifestaran, sólo podían pensar bajo estructuras cristianas; y todas las estructuras cristianas o su versión secularizada son escatológicas. Ningún proyecto de la “rebelión” (Camus) decimonónica acepta como es el presente; ningún proyecto renuncia a una <solución> que reabsorba y suprima las contradicciones, ni Hegel, ni Feuerbach, ni Marx ni, desde luego, Nietzsche.

domingo, 15 de diciembre de 2019

NIETZSCHE Y LA CUESTIÓN SOCIAL




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Nietzsche no fue, efectivamente, un demócrata, signifique lo que signifique esta palabra en la segunda mitad del siglo XIX. Es verdad que casi nadie lo era en aquellos tiempos. No lo era el liberalismo, conservador o progresista, que abalanzaba a sus naciones  a la conquista del mundo sin preguntar democráticamente a asiáticos y africanos si votaban afirmativamente ser colonizados. No eran demócratas los marxistas. No creo que se necesario insistir mucho en ello. La redención del proletariado, su liberación pasaba por una revolución o toma del poder, en ningún caso por una actuación democrática. Entonces, ¿cargar las tintas contra el antidemocratismo de Nietzsche no resulta, al menos estéril?
 El libro de Nicolás González Varela, que solo conozco fragmentariamente aporta seguramente muy buenas razones para no considerar a Nietzsche un demócrata. Yo entiendo que sería mucho más productivo considerar en muchos aspectos a Nietzsche un <<burgués>> con alma aristocrática. Su aristocratismo parece fácil de ver por todos los que lo han leído un poco, aunque, de nuevo, el término puede llamar a confusión. Dada su plurisignificación. Dejémoslo para más adelante. Volvamos al Nietzsche <<burgués>>. ¿A qué me refiero si el fustigó con furia un mundo de tenderos y mercaderes, un mundo de los que tienen “su pequeño placer para el día y su pequeño placer para lo noche”? Me refiero a que su condición vital, su extracción sociológica y su carrera académica lo alejaban por completo de empatizar con aquello que llamamos la clase trabajadora de su época. Su vida, su modo de vida lo aleja por completo de entender y vivir el ambiente y las necesidades del mundo proletario. ¿Qué podía haber roto el ‘mundo’ que lo separaba de las clases sufrientes, como Marx se preocupó por ellas? Seguramente, pero nada en la dirección de su pensamiento lo llevó en esa dirección. En sus mejores momentos sobre la cuestión, contempla la <cuestión social> con aire de humanismo hasta cierto punto compasivo e invita a los obreros a salir de sus infernales cadenas de hierro (él sí es consciente de la durísima condición de vida de la nueva clase: “Los obreros modernos viven peor que los antiguos esclavos”) y los invita a marchar a América a fundar su existencia sobre otros modos de vida.
   Pero la humanidad mostrada hacia su situación se torna odio abismal hacia todo tipo de doctrinas socialistas. Son demasiado conocidos los textos de ataque a los anarquistas y los socialistas de su época, a los que enreda en un extraño maremágnum con la <democracia> para extendernos aquí. Al identificarlos con la moral del resentemiento (cristiana), al no-comprender en absoluto la noble aspiración de muchos anarquistas, por ejemplo, a un tipo de individualidad nueva (¡que en el fondo él también reclamaba); al reunir , repito, los conceptos de <socialismo> y <resentimiento> su comprensión del fenómeno quedaba limitada. Sólo veía individuos que ponen bombas y clases que aspiran a la igualdad política y social, cuando él consideraba la desigualdad  don natural y caprichoso de la naturaleza.






domingo, 1 de diciembre de 2019

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Comentarios a <El existencialismo es un humanismo> de J. P. Sartre
El existencialismo es ciertamente una moda cuando Sartre da su conferencia en 1946. Inicialmente tiene que explicarse ante dos posturas intelectuales, perfectamente vivas en ese momento: el marxismo y el pensamiento católico. El increíble dogmatismo del marxismo francés de la época lo acabamos de encontrar también en otra parte, en el libro de Didier Eribon sobre Foucault[1], quien expresa las terribles críticas que recayeron sobre éste; como la increíble ocurrencia de que Las palabras y las cosas era un libro ¡de derechas!
   La crítica cristiana del momento es más interesante al proponer una “estricta gratuidad” de todos los actos humanos si el horizonte de dios ha desaparecido. El problema del <valor> de los actos sin una referencia normativa <suprahumana> es capital en este trabajo de Sartre; también planea sobre él –aunque no se le cite- la sombra de Nietzsche, la del #125 de La gaya ciencia.
   El transcurso de los párrafos y la explicación de Sartre hace muy difícil no ver la pertinencia del texto también en nuestra época, aunque el existencialismo haya pasado de moda.
   La distinción entre existencialistas <cristianos> (Jaspers o Gabriel Marcel) y <ateos> puede ser pertinente para otra discusión (¿se puede ser radicalmente existencialista si se cree en una realidad superior?). Ambos existencialismos están de acuerdo –dice Sartre- en que la existencia precede a la esencia, como él mismo dice “hay que partir de la subjetividad”. Rastreando en la historia de la filosofía descubre que lo contrario, es decir, que “el hombre individual realiza cierto concepto que se encuentra en el entendimiento divino” ha sido lo habitual en la historia de la filosofía (también en Kant y en el pensamiento de las Luces). Aquí Sartre no se refiere a quien como Nietzsche ha desmontado el edificio metafísico y afirmado repetidamente la idea de que todo noción del tipo esencia  es sobrevenida a la existencia.
   El existencialismo que representa Sartre, el ateo, le parece más coherente. El hombre “primero existe” y “se define después”. Esto significa que un hombre es un proyecto que se vive “subjetivamente”, y sobre él descansa “la responsabilidad total de su existencia”. Aquí podríamos detenernos en torno a la noción de <responsabilidad>. Pero, por ahora lo más importante es ver cómo Sartre liga la subjetividad individual al conjunto de todos los hombres: “no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres” (pág. 22). Sartre está formulando a su manera el imperativo categórico de Kant.



[1] Didier Eribon , Michel Foucault, Barcelona, Anagrama 2006.

sábado, 30 de noviembre de 2019


Espectros de Marx (I)
24/11/19
Sin ser, ni mucho menos, buen lector de Marx, un texto no nos ha abandonado jamás. Se trata del famoso Prólogo del 59, aquel que resume, con mano maestra, el materialismo histórico. Más que una reflexión, la cadencia de aquellas frases sonaba como un mantra inexorable, como un rosario materialista: <<En la producción social de su vida, los hombres…>>. Una especie de inexorable condena a no-poder-pensar sin tales apriorismos intelectuales, como si fueran tan inherentes a nosotros como el espacio y el tiempo kantianos. Teníamos entonces 20 años, cuando el Prólogo salía, como una suerte de sermón de la montaña, de los labios de Juan José Carreras: <<…contraen determinadas relaciones, independientes de su voluntad…>>.
   Nunca sabremos si tan fecunda sospecha de cómo se desenvuelven de verdad las sociedades humanas es para nosotros, en efecto, camino de sabiduría o una fórmula <<hermética>> que nos impide pensar con más amplitud. En este caso se podría decir que no son solo <convicciones> (“Las convicciones son prisiones”, aseguraba Nietzsche); si lo fueran podrían modificarse, reajustarse. Pero se imponen a la conciencia con la fuerza de una epistème, de un <suelo>, y ya no son solo pensamientos, ni <método>, sino directamente la forma –y no hay otra- con la que los propios sentidos detectan la realidad.

domingo, 17 de noviembre de 2019

ELLACURÍA, UN ESTÍMULO PARA FRANCISCO



Para “Pilar” Castro Compañet, in Memóriam

Este 2019 está siendo pródigo en  aniversarios: 200 años de nuestro magnífico Museo del Prado, 30 de la caída del Muro de Berlín que certificó el derrumbe de aquello que entonces se llamó “socialismo de estado”. Y también, el pasado día 16 de noviembre, se cumplían 30 años del asesinato de Ignacio Ellacuría y sus compañeros de UCA (Universidad Centroamericana). Ignora si cuando salgan estas líneas alguien habrá publicado aquí, en La Rioja, alguna carta o testimonio recordando aquellos sucesos y a aquel vasco ejemplar. Hace diez años, también en La Rioja, el periodista Pablo G. Mancha recordaba los pormenores de la masacre y reflexionaba –en una línea que comparto plenamente- sobre los avatares de la Teología de la Liberación y la irritación que provocaba en el Vaticano, además del odio criminal de los sectores más reaccionarios del continente americano.
    Han pasado diez años más, y seguramente se habla mucho menos de aquella teología; algunos de sus más insignes representantes, como Leonardo Boff, han enriquecido su discurso con mensajes en defensa de la madre Tierra, cada día más amenazada.  Por América latina han pasado regímenes de izquierda que despertaron muchas ilusiones, porque por primera vez las voces de los pueblos oprimidos y de los indígenas marginados parecían ser escuchadas y atendidas. Al margen de sus balances, complejos para ser analizados aquí, lo cierto es que por unas razones u otras, el continente se halla en gran medida en manos otra vez de políticos ultraliberales o simplemente protofascistas. Chile se encuentra incendiado, Argentina se refugia en el peronismo, Bolivia sufre una crisis profundísima tras años de estabilidad y avances, Venezuela parece condenada a perpetuar la dictadura represiva de Maduro, o dejar paso a una voraz derecha neoliberal, ….  ¿Qué diría el vasco Ellacuría ante esta Latinoamérica una vez más incandescente? No lo sabemos, pero podemos pensar que, en lo sustancial, nada  le llevaría a otra postura que no fuera la de defender a los pobres y desheredados de aquel continente contra los estragos del capitalismo voraz y depredador y contra la injusticias terribles que deberían soliviantar a cualquier cristiano auténtico.
   Ellacuría se tomó en serio y al pie de la letra la radicalidad de la cruz. Quien hubiera podido llevar una cómoda vida docente (facultades no faltaban a quien se educó a la vera de Xavier Zubiri, Karl Rahner o Pedro Arrupe), prefirió comprometerse en cuerpo y alma con la causa de los pobres y desheredados del mundo centroamericano. Medió en los brutales conflictos salvadoreños, tratando de alcanzar una paz con justicia en aquel desheredado pueblo de Dios. Y acabó, como es sabido, asesinado, junto a Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López (todos jesuitas) y, con ellos, Elba Ramos, la cocinera y su hija Celina.
   Los teólogos de la liberación hablaban de «estructuras de pecado» para definir situaciones históricas concretas que conllevan y arrastran a los hombres a creer con buena conciencia, y a ejecutar sin culpa, lo que son gravísimos pecados contra la dignidad humana. En tales términos hablaba Ellacuría: “Una situación que no permite a la mayoría ser persona y vivir como persona por estar sojuzgada y aplastada por necesidades vitales fundamentales; una situación de injusticia institucionalizada que impide positivamente la fraternidad entre los hombres; una situación configurada por modelos de la sociedad capitalista y de la sociedad de consumo, que impiden la solidaridad y la trascendencia cristianas […] una situación de tales características, desde el punto de vista cristiano, no tiene más que un nombre: pecado” («Liberación: misión y carisma de la iglesia latinoamericana» , ECA. Estudios centroamericanos 268 [1971], pág.73).

 También el Vaticano ha cambiado en estos diez años. La llegada de Francisco ha supuesto primero una profunda esperanza de renovación, de que acabara de una vez el famoso invierno eclesial. Pese a la lentitud y a veces la tibieza de la renovación desde dentro de las estructuras de la iglesia, muchos cristianos progresistas confían en la sinceridad reformista y humanizadora de este Pontífice,  siendo conscientes de las dificultades terribles que estructuras internas de la Iglesia –desde parte de la Curia hasta el enorme peso que tienen instituciones y jerarquías reaccionarias y conservadoras- ponen a los pasos en la buena dirección de Bergoglio. Hay un nacionalcatolicismo irredimible, montaraz y antievangélico que, en la España de hoy, es capaz de dedicar a Monseñor Osoro las mismas palabras de odio que dedicó a Tarancón en la Transición. Pero el ejemplo de Ellacuría debe servir de estímulo a los sectores más renovadores en Roma, y en España, para perseverar  y re-impulsar la necesaria y completa limpieza de los Establos de Augías en que muchos habían convertido la sede romana. Ellacuría, Rutilio Grande, Romero.., deben actuar como lo hacían primitivamente aquellos mártires inspiradores, a quienes en el presente y en el futuro deben hacer de la Iglesia de Cristo el hogar y el alma de quienes sí tienen necesidad de médico… porque nunca hubo un médico para ellos.


martes, 5 de noviembre de 2019

Pensar de modo no marxista




Por enésima vez –esta vez a propósito de las reflexiones de Arnold Hauser sobre el mundo del Románico- nos preguntamos si es posible escapar del método del materialismo histórico para acercarnos a una realidad social y cultural cualquiera. La aplastante lógica del historiador del arte le hace concluir que los valores ‘espirituales’ de la sociedad del siglo XI, por ejemplo, como la de siglos anteriores, y quizá aún por otro centenar de años, los valores expresados en el rutilante arte del románico son esencialmente estáticos, completos, antiindividualistas, cerrados y fuera de cualquier discusión o posibilidad de evolución. Y ello se ajusta a las características de una sociedad económicamente estancada, antiindividualista, sin voluntad ni expectativa de <progreso> y en esencia a una sociedad prácticamente sin comercio, sin estímulo para una mayor producción de excedente, volcada al autoconsumo o al derroche (en la nobleza) y sin horizonte de, digamos, ganancia. En sus propias palabras:

Al estático espíritu económico y a la petrificada estructura social corresponde también en la ciencia, el arte y la literatura de la época el dominio de un espíritu conservador, estrecho, inmóvil y apegado a los valores reconocidos (Hauser: 1974, 238-239)

A la economía precapitalista y prerracionalista le corresponde una concepción espiritual preindividualista, que es tanto más fácil de explicar porque el individualismo lleva consigo el principio de la competencia (ídem, 239)

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Se puede intentar negar la prelación o determinación de los valores socioeconómicos sobre los espirituales, en una época de especial intensidad ‘espiritual’, pero, por más que se intente es imposible explicarlo al revés; empezar por que la determinación de los valores ‘cristianos’ y sus expresiones bíblicas y teológicas determinan las condiciones en que se a de organizar la sociedad feudal y las formas económicas. Muchas de las características que determinan la época del nacimiento del mundo feudal o pre-feudal (que Hauser ve ya dibujarse en el mundo antiguo final y en los reinos de la alta Edad Media: la disolución de las estructuras estatales, el colonato, la falta de monetario, los intercambios en especie, etc.) presentes, como decimos en el mundo tardorromano empujaban ya allí hacia una forma de expresión espiritual cada vez más antinaturalista, des-naturalizada y espiritualizada hacia lo eterno e inmutable, como demuestran las propias esculturas de los emperadores postreros o los sarcófagos tardíos. En ese caso, el cristianismo no habría con sus nuevos valores modificado una tendencia que se exigía desde la ruina del aparato estatal y fiscal romano, el fin de la mano de obra esclava y la ruralización galopante de aquel mundo.
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Emperador Flavio Honorio (393-423)


MERCANCÍAS FICTICIAS. RECUPERANDO A POLANYI

El cuaderno 216 de CJ (Cristianisme i Justicia) dedica su análisis que llama "Mercancías Ficticias" a recuperar la figura...