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sábado, 7 de agosto de 2021
DE ESPAÑA [III]
viernes, 6 de agosto de 2021
DE ESPAÑA (II)
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No creo que sea imposible, pero a largo plazo. La Historia permite hacer algunas reflexiones sobre la dificultad de un Estado-nación español que ha fracasado desde el mismo siglo XIX. La guerra de la Independencia fue una oportunidad perdida, porque en la defensa del territorio frente al invasor extranjero estaban ya en germen las ideologías opuestas que de un modo u otro han prevalecido hasta la actualidad. Las guerras carlistas, un ejemplo trágico de esa pugna ideológica, acabaron por dividir las sensibilidades políticas de gran parte de la población. Paradójicamente, los derrotados salieron reforzados en algunas de sus pretensiones gracias a los privilegios forales concedidos por Cánovas y reforzados posteriormente por Franco. La España conservadora se convirtió con Primo de Rivera y el golpe de estado del 36 en la España reaccionaria que no dudó en aprobar y apoyar un régimen fascista que dejaba fuera del concepto España y españoles a quienes se habían opuesto y seguían oponiéndose a él. Lo "español" adquirió una connotación conservadora asociada al régimen de Franco.
Muerto el dictador, sus herederos aprovecharon la ocasión de la célebre Transición para agazaparse revestidos de un plumaje neoliberal que, sin embargo, ha ido perdiendo sus plumas con el paso de los años.
En España las costuras de una Transición fallida están estallando. No resulta creíble la invocación nacionalista o etnicista de los particularismos catalán o vascongado. Esa mirada al pasado es mera parafernalia para mentes estólidas que ignoran la realidad histórica. De modo que el republicanismo histórico de Cataluña es una invención relativamente reciente. Su punto de arranque, como el del resto del republicanismo español, es la 2ª República, truncada por el golpe de estado del 36. Ningún nacionalismo dentro del Estado puede reclamar un origen más antiguo.
Aceptada esa premisa de un republicanismo legitimado por la historia truncada del siglo XX a causa de la Guerra Civil y el régimen fascista, la partida ideológica se plantea de nuevo en dos bandos. Es una tremenda simplificación, pero no es menos cierto que asistimos a ella cada día con mayor intensidad en los medios y en los círculos de la política diaria. La piedra de toque sobre la que debería fundarse el "patriotismo constitucional" al que se alude más arriba debería ser la superación real y mental de los resabios del régimen fascista de 1936-1976. Para eso hace falta desenterrar a los muertos que aún yacen en las cunetas y junto a las tapias de los camposantos; dar una versión no ideologizada de lo que sucedió en aquellos años, para aprendizaje de las generaciones actuales y venideras; y borrar cualquier objeto físico o mental que esgrima la más mínima justificación de aquellos años. También la Transición debe ser revisada en su lectura histórica, del mismo modo que la Constitución debe ser revisada para adaptarla al simple paso del tiempo.
Pero para todo eso hace falta un consenso que es muy difícil lograr.
Una definición de manual del "patriotismo constitucional" solo puede ser generosa con los menos favorecidos; se me hace, por lo tanto, más próxima a los postulados sociales de UP. Pero esa premisa es una de las que más asusta a las fuerzas reaccionarias. UP esgrimía la Constitución en las dos campañas electorales que llevaron al Gobierno a Pedro Sánchez. Esa idea del cumplimiento de la Constitución en la práctica diaria del gobierno es una idea altamente corrosiva para el PP y VOX, que solo pretenden boicotear a través de una oposición en la que no hay reglas y esclerotizar el sentido prístino de la expresión apropiándoselo del modo más burdo, como ha ido haciendo con otros símbolos: la Monarquía, la bandera, la idea de España, la misma Constitución, una parte del poder judicial...
jueves, 5 de agosto de 2021
DE ESPAÑA
Se puede
hablar de España desde dos conocimientos distintos,
que engloban a todos los demás: las vivencias personales de un español que ha
vivido siempre en este suelo y ha conocido, fundamentalmente, compatriotas y
las lecturas que uno haya frecuentado, la de españoles anteriores o
contemporáneos que hayan pensado también en su patria.
En
cualquier caso es una reflexión ‘de riesgo’ puesto que se trata de un problema
a la vez concreto y abstracto, y el punto de vista, si se quiere la mentalidad o la ideología determinan sensiblemente el acercamiento a priori al
problema. A ello hay que añadir la determinación que supone el momento concreto de España desde el que
se reflexiona o escribe. Hay siempre, para quien piensa en España, ciertos puertos
inevitables en los que uno siempre ha de detenerse, aunque pretenda
originalidad de planteamiento. Esos puertos
son más bien personas o generaciones y
suelen repetirse casi siempre, especialmente Ortega, y con él José Antonio,
Unamuno, el pensamiento regeneracionista, ciertos políticos e intelectuales
como Azaña, historiadores como Américo Castro, Sánchez Albornoz, etc., sin
olvidar ensayos importantes más recientes como los de Álvarez Junco, entre
otros.
Uno de los
últimos en atreverse con el tema ha sido Santiago Alba. Alba es un filósofo de
filiación conocida, explicitada por él, una izquierda de formación
fundamentalmente marxista, pero suficientemente atenta a los errores de enfoque tradicionales en la
izquierda dogmática española. Su libro, con el escueto título de “España” es
una contribución importante, donde las reflexiones –que nunca pretenden ser de
un <historiador>- se mezclan con interés con las propias vivencias de
español que vive fuera, en Túnez, aunque esté enormemente atento a las
novedades peninsulares.
La tarea
además dejará, para él y otros, frutos exiguos, puesto que en la construcción
sentimental-emocional que uno se hace de España solo convencerá a quienes se
aproximan a su sensibilidad (aunque se haya abierto a otras) y será rechazada de
plano por visiones contrapuestas, las de la <derecha> en un sentido
amplio.
2
Desgraciadamente,
muy desgraciadamente, porque no se entrevé solución, todavía casi cualquier
interpretación –por muy integradora que se pretenda- será tildada de derechista
o de izquierdista. Hay un dualismo que parece insuperable, ejemplificado por el
mismo Alba, en la pugna en elevar al patronazgo de España a Santiago apóstol o
a Santa Teresa, símbolo esta última de otra España posible. Sin embargo, Alba
encuentra un “carácter español” idéntico en lo antitético, entre el católico histórico tradicional y el anti-católico histórico tradicional: la
misma furia excluyente, en el clericalismo y el anticlericalismo por ejemplo. Y
no le falta razón.
3
La derecha,
o cierta derecha al menos, tiene una idea muy clara, falsa pero clara, del ser de España. La de la derecha extrema
está muy próxima a la visión tradicional más montaraz e intolerante y sus mitos
son los mismos del franquismo. Por ahí no hay novedades. Más difícil es saber
la visión sincera de España de los partidos tradicionales, PSOE y PP. Por
supuesto, no serán inequívocas, contendrán pluralidad en sus cabezas pensantes,
pero nunca hemos oído una visión completa y coherente. ¿Se puede deducir de
hasta cuánto de incluyentes son al rescatar nombres de la Historia? Se me dirá
que la visión socialista de España es conocida, coincide con la tradición
primero liberal, luego socialista; y que si algo ha tenido el PSOE ha sido
intelectuales y catedráticos con una idea muy formada de España. Sin duda; pero
nunca hemos sabido la visión de España, la interpretación de su pasado por
parte de sus dirigentes principales. Nunca hemos sabido que lectura de la
Historia de España tiene Felipe González, o Almunia o Bono. Ha faltado esa
pedagogía necesaria. Al margen del no atrevimiento a tocar el tema de los
crímenes del franquismo, los gestos pro-republicanos han sido muy recientes (en
Zapatero, en Sánchez) y casi necesarios y defensivos contra la reacción
montaraz del otro lado en materia de memoria histórica.
Hablábamos
de Felipe González. Parte de los problemas y las decepciones habidas con él
pueden tener algo que ver con todo esto. No sabíamos que el verdadero propósito
de González a finales de los años 70 no era el socialismo sino la modernidad.
Lo comprobamos después. Una modernidad ejecutada conscientemente y sin piedad,
fructífera en muchos aspectos, pero con lagunas de déficit democrático, que el
mismo Alba no deja de señalar.
4
Hoy es un
momento mundial en el que se reflexiona sobre las “responsabilidades” de las
naciones europeas por su pasado colonial y racista, en el caso de los EE.UU.
Francia, o Macron, pide perdón por los excesos en Argelia, Alemania por Namibia,
Canadá por su violencia contra los nativos… Pronto todo el mundo deberá admitir
que los genocidios étnicos, culturales, etc., comenzaron antes de los campos nazis y se evidenciará la
violencia horrible con la que se llevó adelante el colonialismo imperialista.
España, no
porque lo pida el presidente de Méjico, deberá hacer una reflexión y un balance
sobre la Conquista; también sobre su
papel colonial en Marruecos. Forman parte de la historia, incluso de la
Historia que algunos glorifican sin matices. ¿Cómo debe la izquierda
posicionarse sobre todo ello en el marco de una reflexión sobre España?
martes, 20 de julio de 2021
Como en un espejo II. 1. SEGUNDOS
“Segundos”
20/07/21
Una cuestión interesante de dilucidar es la figura del “segundo”.
El infalible “segundo” tras un “primero”. El eterno segundón se llamaba siempre al ciclista Raymond Poulidor.
Eterno segundón es, casi, una expresión metafísica, porque habría que resolver
primero si esa segunda posición no encubre realmente una posición primera o, por ejemplo, tercera. ¿Segundones ilustres? Pablo de
Tarso, ¿fue en realidad, o es, el “segundo”? Hay muchos que lo consideran el
primero, el que impuso sus tesis y su visión. Otro ejemplo claro: Engels
respecto a Marx. Aquí parece más consolidada la posición. La Historia lo ha
querido así. ¿Más segundos? ¿Franco, un falso segundo respecto a José Antonio?
¿Cuál de los Hermanos Marx, tras la incontestable preeminencia de Groucho?
Parece justo decir: ¡exaequo Harpo y Chico! Entre los Castro la jerarquía
parece evidente.
¿Y en el arte?
¿Cuestión de gustos? ¿Bernini tiene prelación sobre Borromini? En las parejas
famosas, ¿quién es segundo, quién en los Hermanos Calatrava, en los Rolling
Stones, en Simon y Garfunkel?
Existe también
la posibilidad, más retorcida, de considerar a alguien segundo respecto a sí
mismo, en el sentido de una fase de su vida, de su producción creativa, en que
se rebaja, se inautentifica respecto a sí mismo. Aquí los ejemplos son
inacabables, sobre todo para quienes hemos seguido la evolución de muchos
grupos de rock, y consideramos sus producciones, sobre todo “posteriores”,
indignas de otras épocas. Ahora no quiero dar ejemplos. También ocurre, y
abundantemente, en la Hª del arte. Se decía, por ejemplo, de Zurbarán quien, al
dulcificarse, al amurillarse, perdía
autenticidad; y de Dalí, y de tantos…
jueves, 15 de julio de 2021
PRIMER POEMA DE "EL DIVÁN DE CLÍO" DE ENRIQUE GRACIA BONDÍA
DE LOS SEGUIDORES DE VATTIMO
Parece que
los escritos de G. Vattimo (Turín, 1937) que significaron
su «vuelta»
a un pensamiento cristiano, es decir, Creer
que se cree, El futuro de la religión (con R. Rorty), etc. Han tenido
continuidad e intérpretes entusiastas en España, por lo que dice y representa
Jesús Lozano Pino[1]
y –según nos cuenta- Teresa
Oñate. Nos referimos naturalmente a las tesis wattimianas referentes a su idea
de que la «muerte de Dios»
y la «disolución de la metafísica»
de Heidegger, habrían contribuido al fin de una dogmática cristiana «fuerte»,
intolerante, metafísica y represiva, abriendo la secularización la posibilidad
para una recuperación «auténtica»
del cristianismo, a través de la imagen-fuerza de un Cristo kenótico, «débil»,
que permitiría un horizonte despejado para la práctica de la cáritas, el único y verdadero imperativo
categórico del cristianismo. Tal idea –que
siempre compartimos con Vattimo- es complementada al final del artículo con las
aportaciones de René Girard, sobre el carácter del Nuevo testamento como
desenmascarador de la dinámica violenta de las religiones pretéritas.
Ciertamente, Girard y Vattimo mantienen ideas completamente divergentes sobre
Nietzsche, pero este es, desde luego, un problema distinto.
La tesis de
Lozano Pino versaba sobre este aspecto del pensamiento del filósofo turinés y
sus aplicaciones teológico-políticas. Le agradezco, además, que me cite en el
artículo y en la bibliografía.
El artículo también comenta una
idea que reflejaba A. Arendt en su libro sobre Marx; la imposibilidad de llamarnos
“no cristianos”. Dicho de otra manera: la imposibilidad de salirse de la «tradición»
aún estando en contra de ella.
Por lo
demás compartimos los diagnósticos sobre la forma de actuar de gran parte de la
iglesia institucional en el mundo y sobre la intención de actuar de este modo:
La clave es debilitar las
estructuras n los diversos ámbitos metafísicos de poder, disminuyendo social,
política y religiosamente todo tipo de violencia[2]
La historia de la secularización es parte de la
historia de la salvación.
jueves, 18 de marzo de 2021
EL PODER: FOUCAULT Y LOS MARXISTAS
El
problema del poder recorre, como es sabido, la obra entera de Michel Foucault.
No trataremos específicamente este más que importante problema, esencial para
comprender cualquier forma de sociedad. ¿Qué es el poder? Evidentemente para Michel
Foucault no es un «centro», un «lugar», sino, quizás, una «red» de métodos,
procedimientos y fuerzas actuantes. En este sentido sería una afirmación falsa
(¿falsa o incompleta?) decir: todo el poder reside en el estado en la monarquía
absoluta. De la misma manera: los dueños del «capital» son el poder de, por
ejemplo, el mundo actual.
Tender a ver el poder como un centro,
lugar, estructura o institución, hace muy fácil confundirse acerca de la
naturaleza del poder; o puede ser un hábil reclamo para eludir una reflexión a
fondo sobre aquel. Por ejemplo: la sobreexposición continua del poder político,
de los políticos, de las instituciones que gobiernan y deciden, lleva a que la
única exteriorización o forma del poder que se nos hace presente es la del
«poder político». Si no vemos continuamente, abusivamente, otra forma de actos
de poder o contra-poder que los que emergen de la política, podemos tender a
pensar que allí está la verdadera fuente del poder real. En este sentido se puede
interpretar que la continua y casi única exhibición, impúdica, de fuerzas de
poder que lo mm.cc. exponen es la política. Ese hecho puede sobredimensionar la
importancia que damos a la vida política como conformadora de realidad y que
ésta, con su luz extra-brillante ciegue la inteligencia para ver otras formas
más sutiles de poderes en movimiento.
Como decía Carlos M. Rama en un viejo
artículo (El Viejo Topo nº 22 Julio,
1978), tal vez una de las inteligencias de los verdaderos poderes sea
distraernos con las exhibiciones del poder que llegan de sus «empleados». Así,
decía él, en el franquismo tendemos a dilucidar la cuestión del poder en
términos de poder absoluto del dictador, poder del sector falangista, de la
iglesia, del ejército, etc. Con ello olvidamos los verdaderos amos de la
dictadura franquista: Quiénes quisieron la Guerra Civil, quiénes se
beneficiaron de la larga dictadura, quiénes veían que sus condiciones no
peligraban en democracia, etc.
Sin embargo, como él explica, no era tan
difícil advertir quiénes detentaban el poder en la España de la restauración.
No eran las instituciones «naturales» de España: monarquía y Cortes; sino que
la cuestión se jugaba en el terreno mucho menos heroico del mundo rural: los
verdaderos dueños de España eran la oligarquía y los caciques. Del mismo modo
no es difícil rastrear qué familias, qué grupos querían acabar con la república
para recuperar su situación anterior; qué poderes se beneficiaron del
franquismo, qué nuevos grupos sociales se le incorporaron y quienes, con solo
“migajas” y pequeños empleos, oportunidades y favores se apuntaron a la defensa
del paternalismo franquista.
2
La
cuestión del poder: quién lo ejerce, lo modifica, lo pierde, etc. Es
evidentemente esencial en el trabajo de los historiadores; pero es evidente que
el poder se ha tratado siempre como un “centro”,
unas instituciones, una estructura con las funciones diversificadas y que el
estado ha sido el protagonista por excelencia de ese poder, sin olvidar su otra
pareja determinante, el poder económico. En la polémica de Foucault con los
marxistas, estos parecen reprocharle –dice Dominique Lecourt- que olvida el
hecho nodular de la lucha de clases y el papel determinante del estado en esa
lucha, a favor precisamente de una de esas clases. Siguiendo con ele ejemplo
anterior, el poder “Canovista” administraría fundamentalmente los intereses de las oligarquías
territoriales, fundamentalmente agrarias; trataría de “entenderse”y
cooptar los intereses de las burguesías periféricas (catalanas, vascas) con
desiguales resultados y, como mucho, habría intentado abrirse a nuevas clases
medias urbanas y profesionales amantes del orden. En esquema, visto así, la
interpretación de la fase de la restauración parecería muy plausible; y en
efecto encajaría interpretar las dictaduras de Primo de Rivera, primero, de
Franco, después, como golpes de fuerza para evitar el desmoronamiento de un
orden y de unos intereses amenazados por la anarquía o la democratización plena
en el primero, por las reformas profundas en el segundo. En este sentido cabe
comprender perfectamente que, al menos en algunas generaciones de historiadores
pasadas, se pudiera decir que “historiador” y “marxista”venían a ser casi la misma cosa. Como mucho se podría
modular y discutir la relativa autonomía o no del estado de las clases
dominantes, en estudios tan ricos y sugerentes como el de Theda Scokpol (El estado y las revoluciones sociales).
Pero, ciertamente, Foucault parece el primero que busca la diseminación y
actuación d elos poderes fuera del marco estatal o el puramente represivo. Hay
un poder, una sujeción y una vigilancia que se ejerce en la familia, en la
escuela, en la cárcel o en el manicomio. ¿Por qué tiene que haber conflicto o
incompatibilidad entre el poder de clase ejercido por las instituciones “superiores”
y los micropoderes que se ejercen en otras cotidianeidades. Las acusaciones
contra Foucault provenientes del ámbito marxista de entonces (¡también de M. Cacciari!)
solo se pueden entender desde la especie de autoproclamado monopolio de
interpretación “verdadera” que ejercía el marxismo, al menos en la
intelectualidad francesa que aparece llevar siempre en estas cuestiones la voz
cantante. Todo ello pudo hacer que se malentendiera Las palabras y las cosas y
muchas otras polémicas. Que cambien los métodos de sujeción y control de los
individuos, de la sociedad del “castigo” a la sociedad de la “vigilancia”
y las rutinas, no parece indicar que se modificara el hecho sustancial del
control y de la represión social, ni que esta tuviera una clara procedencia de
clase. Hoy esta polémica nos parece estéril, fruto de la empanada teórica de
aquellos años, sucedidos ciertamente por un debilitamiento del pensamiento o
por la conversión de los intelectuales en otra cosa, desde luego mucho más
conformista y menos liberadora, mediática, a la manera de los nuevos filósofos,
todos los cuales hicieron el triple salto mortal desde el maoísmo o similares
hacia posiciones conservadoras, en Francia y en España. Mientras los estudios
de Foucault, que no deben ser absolutizados a la manera en que se hizo con
Marx, siguen produciendo profundos frutos en un sentido emancipador.
miércoles, 4 de noviembre de 2020
¿CÓMO
INTERPRETAR LA NUEVA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA?
La supuesta «anormalidad»
española, esto es, que entre nosotros no existiera una fuerza de extrema
derecha con representación institucional ha dejado de serlo. ¿Ya tenemos
nuestro FN, AfD, Amanecer Dorado o Salvini de turno y, por tanto,somos
homologables con el resto de Europa en este desgraciado asunto? La respuesta no
es un sí completamente rotundo y sin matices. Como toda lógica indica que
de la nada nada puede nacer, hay que pensar que «algo» parecido a la extrema
derecha ya estaba aquí, en potencia,
si seguimos la expresión aristotélica; y solo en los últimos dos o tres
años se ha convertido en acto, es
decir, ya ha ocupado su espacio, nada desdeñable, en el entramado local,
autonómico y estatal en España. ¿Dónde y por qué estaba en potencia, es
decir, por qué no se manifestaba con plena expresión de sus contenidos? La
explicación más plausible es que hasta cierto momento se encontró «cómoda»
dentro del Partido Popular.
Si atendemos las explicaciones dadas por los mismos portavoces de Vox,
las razones de su «salida» o disidencia del PP se derivaría de factores
como los siguientes: primero, no defender con suficiente firmeza la unidad
integral e indivisible de la nación española, como demuestra
la, según ellos, «tibieza» de Rajoy ante el Procés; segundo, las políticas
permisivas ante la inmigración ilegal, es decir, el mal control (no
suficientemente represivo) de las fronteras meridionales de España, lo que
habría permitido la «invasión», no tanto de la multiculturalidad cuánto
de la uniculturalidad islámica, que es la que ellos
odian por encima de todo. Tercer asunto: demasiados poderes para los
«Reinos de Taifas» en los que se ha convertido –dicen- el Estado
autonómico. Cuarto: políticas impositivas y fiscales
excesivas, sobre todo para las capas altas de la sociedad. 5º: una
tolerancia cultural y moral intolerable ante fenómenos como la homosexualidad,
el feminismo, etcétera. Por último, una excesiva blandura de los populares para con los fenómenos de
memoria histórica, una permisividad inaudita para que la izquierda «altere» hechos
históricos incontrovertibles del pasado, asumido (y liquidado) -creen- por
la Transición.
¿Qué fórmula sale de todo este conjunto de posturas que se pueden
resumir en: nacionalismo español extremo, reivindicación de la obra
histórico-social y cultural de la dictadura (de la que se reproduce su lenguaje
más beligerante: frentepopulismo, socialcomunismo,
etc., con el único añadido novedoso de «bolivariano»), xenofobia (léase
islamofobia), virulento ataque a los avances en materia de igualdad, género,
modelos de familia, etc.?
La simplificación más común nos haría decir ¡fascismo!, pero esta
fórmula –hoy más un insulto que un análisis- nos hace avanzar muy poco. El
concepto «nacionalpopulismo» es para nosotros igualmente inútil, pues, como
dice Enzo Traverso (Las nuevas caras de
la derecha), «populismo» es un concepto tan explotado, manoseado y
reiterado que habla más de quien lo enuncia que de la cosa que pretende
describir.
Evidentemente es interesante comparar el fenómeno de esta «nueva» extrema
derecha española con sus hermanas de Europa y establecer diferencias y
similitudes; pero hay que tener en cuenta que la derecha radical europea no es
del todo homogénea y, además, ha pretendido (quizás logrado) evolucionar en sus
años de vida, como demuestra el caso del Frente Nacional francés. En cualquier
caso, la une con ellas, en primer lugar, la xenofobia antimusulmana, el
problema de la inmigración, el «peligro» de una perversión de la verdadera
«nación» blanca y cristiana (como a Trump). Aunque se señala que hay extremas
derechas europeas tolerantes con las diferencias en los modelos de vida y,
sobre todo, que algunas de esas derechas europeas han llenado de contenido
«social» sus programas, pretendiendo atraer a sectores obreros hipercastigados
por las sucesivas crisis y los modelos liberales de desregulación y
precariedad. Hasta ahora Vox habría sido la excepción por su programa económico
ultraliberal y de adelgazamiento radical del gasto público del Estado; pero,
como era de esperar, esto está cambiando puesto que no solo con retórica se
pueden ganar a ciertos sectores vulnerables y cada vez más ofrecerán la cara
«social» de su programa.
Entonces, ¿cuál es la especificidad de la extrema derecha española? Yo
creo que para enfocar mejor el análisis hemos de ver su procedencia sociológica
y las particularidades de la historia de España reciente. El fascismo español
no fue derrotado como el alemán o el italiano sino que, victorioso, duró
cuarenta años y desde el primer día hasta el último hizo gala de la «victoria»
y de su nula voluntad de reconciliación con la otra media España. La cultura
franquista impregnó hasta hace no tanto a una parte nada desdeñable de la
población española; buena parte del cuerpo social español se «benefició» de la
dictadura, prosperó si no gracias a
ella sí durante ella. Todo esto, es
indudable, dejó unos considerables cientos de miles de españoles, o bien
directamente franquistas, o bien más complacientes y aceptadores que críticos
de la obra y el resultado de franquismo. Parte de esa cultura «franquista» fue
transmitida, asumida y reactualizada por una parte de las clases acomodadas (y
otras no tanto), cuyo balance del franquismo es indudablemente favorable. Pero
como nos muestran los análisis de Daniel Bernabé (La trampa de la diversidad) o Esteban Hernández (El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en
el siglo XXI), esas clases acomodadas españolas, las que se manifiestan con
caceroladas pidiendo «libertad» en el centro del barrio de Salamanca, no son ya
exactamente las «élites»; viven un desplazamiento de su posición tradicional de
«dueñas» de España. Las verdaderas elites españolas no son de Vox, son
«progresistas» en el sentido amplio de que aceptan y quieren la globalización,
un comercio sin fronteras, continuar la lógica neoliberal, el multiculturalismo
y la recepción de inmigrantes (el nuevo «ejército industrial de reserva»).
Están bien representadas en Davos, en Joe Biden, en la troika, en un amplio
espectro político que va desde el centro-derecha al centro-izquierda y, en
definitiva, están lejos de la cutredad plebeya de Vox. No confundamos a este
partido solo con las élites. Son otra
cosa, desde luego más heterogénea; por supuesto hay franquistas,
tardofranquistas y neofranquistas, pero también mucha gente cabreada y
desorientada; interclasista en sus votantes pero netamente pija en sus dirigentes. Un cáncer político que, como señalan
algunos autores, es una enfermedad propia de la senilidad de Europa.
lunes, 6 de julio de 2020
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miércoles, 13 de mayo de 2020
lunes, 4 de mayo de 2020
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