PÁGINAS

domingo, 19 de septiembre de 2021

LA IZQUIERDA DEBE PENSAR EN TODO ESTO

15/09/2021


 

 El profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona, Carlos Femenías, publica un interesante artículo hoy en El País (“Sobre un giro tradicionalista en la cultura”).El título puede parecer exagerado.El contenido, sin embargo, es un notable análisis –y lo que me resulta especialmente interesante es que se hace desde la observación de dos áreas culturales a las que yo no presto ninguna atención: la literatura escrita por jóvenes autores (Sonia Hernández: El lugar de la espera; Ana Iris Simón: Feria) y por jóvenes músicos españoles, a los que a casi ninguno había oído mencionar: Rodrigo C. Cuevas, C. Tangana)- de “tendencias” que él descubre en estos nuevos creadores.

   Si todo parte de la frustración de una generación, aquella que fue masacrada por la crisis de 2008; una generación que –al menos en parte- da señales poco halagüeñas de refugiarse y reactualizar un repertorio de “antigüedades” y actitudes españolas ante la política, las identidades, etc., nada esperanzadoras. Habrá que preguntarse (el artículo lo hace en cierto modo) cómo de la emergencia de una juventud en las calles españolas (15-M) reivindicando cambios en un sentido netamente “progresista” (sin partidismos) y de justicia redistributiva, se muestra ahora una forma de “cultura” joven que disfruta con expresiones de un pasado (antes tachado de “casposo”) cultural-folklórico que la generación o las generaciones de la Transición y posteriores habían enterrado aparentemente para siempre.

   Lo preocupante es que quizás no se pueda desligar una forma de “cultura” de unas formas de comportamiento “político”. ¿Debemos relacionar ambas facetas?    

   Los profesores y maestros advertimos en los últimos tiempos una desagradable tendencia en muchos de nuestros alumnos a expresar cierta simpatía (o atracción, o interés) por las formas más vacuas del sentimiento “nacional”, e incluso cierto regusto con los mensajes de Vox. ¿Esto es, o va a ser, habitual entre españoles con una formación escasa y con difíciles expectativas para integrarse en el mundo laboral? Dice el geógrafo francés Guilluy[1] que estas clases “blancas” y con pocas oportunidades en la globalización pueden “refugiarse” en espacios de “seguridad” tan fáciles como un patriotismo irreflexivo, una identificación reactiva “fuerte” en cuestiones de género y, naturalmente, instalarse en una xenofobia marcada por las dificultades para competir por abajo por unos trabajos escasos en un contexto de debilitamiento de los estados de bienestar. Ch. Guilluy se refiere a la antigua “clase media”, donde incluye a la vieja clase obrera bien integrada, entonces, en el entramado social.

   Femenías, en su artículo, habla de una “nostalgia de signo neopopular”. Quizás el orgullo de pertenencia que antes se expresaba en la cultura “de clase” devenga, para desgracia de todos, hacia una identificación de parte del cuerpo social con viejos valores “autoritarios”, sumamente peligrosos. Fenómeno que se da a la vez –esto lo explica muy bien Guilluy- que estos grupos sociales asocian a las clases que viven en una situación “confortable” y a los ricos con un progresismo que se obsesiona con defender a las minorías, y con la alabanza acrítica de los mecanismos neoliberales. Como reacción –y los partidos de extrema derecha lo saben aprovechar muy bien- se puede conformar un cierto orgullo hacia lo rudo, lo espontáneo, lo directo y políticamente incorrecto, interpretado todo ello como señal de “autenticidad”; asociado a un cierto desprecio por la “refinada” actividad cultural de cierta derecha e izquierda más o menos clásicas. Volver a revivir, en definitiva, con nuevos ropajes, el tipo de “español” y de “España” que provoca miedo. La izquierda debe pensar en todo esto.

 

 

 

 



[1] Ch. Guilluy, No society. El fin de la clase media occidental, Madrid, Taurus, 2019.

martes, 10 de agosto de 2021

EL PÓRTICO DE LA GLORIA

 



“EL PÓRTICO DE LA GLORIA”

Las verdades del hombre son sus errores irrefutables. Basta ver cuánto y qué bueno a menudo se ha construido a partir de un error, de una noticia falsa, o interesada. Quizá el ejemplo supremo sea Santiago de Compostela. Sobre la práctica seguridad de que el apóstol jamás pudo haber estado en España, como saben todos los historiadores fidedignos, se alzó con los siglos un itinerario de importancia universal; y este culminó en una de las obras más excelsas del arte humano, el Pórtico de la Gloria del maestro Mateo. Ante su visión el alma se encoge, e incluso cree. Produce una sensación similar en el espíritu a la de Lascaux o las Pirámides de Gizeh, o la Capilla Sixtina o las Estancias Vaticanas, o las Pinturas Negras, …no muchas más. Cuando una obra excelsa aparece en el mundo este se justifica y se redime; cuando se difuminan las líneas entre dos estilos tan aparentemente nítidos los conocimientos y las clasificaciones se resienten. Pero, al margen de la historia del arte, la pregunta sigue en pie: ¿cómo es posible que manos humanas forjaran tanta belleza? Hauser decía que los temas y motivos de un artista eran predecibles, su calidad no. Y aquí, a pesar de la predecibilidad de un tema repetido mil veces en Europa, aparece ahora con una frescura y un poder estético nunca igualado. Sencillamente los veinticuatro ancianos en su naturalidad, en sus conversaciones, miradas e instrumentos, componen una secuencia nunca vista, nunca reptida. Y lo mismo ocurre con la fuerza y excepcionalidad del resto, hasta formar un conjunto delirante de belleza, pero también de serenidad. Tengo para mí que aquí empezó a romperse el inveterado temor al Juicio y al castigo que prometía toda la iconografía del Románico. Como si el Pórtico entero dijera: vete, hombre, tu capacidad para crear belleza te ha salvado.

 


sábado, 7 de agosto de 2021

DE ESPAÑA [III]

 Una de las cosas que me ha gustado de este libro al que hice referencia es que "provoca" a la izquierda a repensar su relación con el pasado español, a replantearse sus propios "mitos". Y lo hacía en el sentido de que hemos "regalado" un ámbito muy importante de la historia y la cultura españolas a la derecha, avergonzándonos hasta hace no tanto de autores como Galdós o, antes Cervantes. Tu interpretación -Enrique- es muy parecida a la mía, difícil de rectificar/ampliar en muchos sentidos, pero quizá vale la pena intentarlo: repensar algunos lugares comunes, que por no entrar en lo contemporáneo serían numerosos: ¿hemos comprendido bien el Carlismo? ¿Y los comuneros? ¿Por qué hemos regalado al pensamiento reaccionario a erasmistas o reformistas de la importancia de Teresa de Jesús?

viernes, 6 de agosto de 2021

DE ESPAÑA (II)

 

  1. No creo que sea imposible, pero a largo plazo. La Historia permite hacer algunas reflexiones sobre la dificultad de un Estado-nación español que ha fracasado desde el mismo siglo XIX. La guerra de la Independencia fue una oportunidad perdida, porque en la defensa del territorio frente al invasor extranjero estaban ya en germen las ideologías opuestas que de un modo u otro han prevalecido hasta la actualidad. Las guerras carlistas, un ejemplo trágico de esa pugna ideológica, acabaron por dividir las sensibilidades políticas de gran parte de la población. Paradójicamente, los derrotados salieron reforzados en algunas de sus pretensiones gracias a los privilegios forales concedidos por Cánovas y reforzados posteriormente por Franco. La España conservadora se convirtió con Primo de Rivera y el golpe de estado del 36 en la España reaccionaria que no dudó en aprobar y apoyar un régimen fascista que dejaba fuera del concepto España y españoles a quienes se habían opuesto y seguían oponiéndose a él. Lo "español" adquirió una connotación conservadora asociada al régimen de Franco.
    Muerto el dictador, sus herederos aprovecharon la ocasión de la célebre Transición para agazaparse revestidos de un plumaje neoliberal que, sin embargo, ha ido perdiendo sus plumas con el paso de los años.
    En España las costuras de una Transición fallida están estallando. No resulta creíble la invocación nacionalista o etnicista de los particularismos catalán o vascongado. Esa mirada al pasado es mera parafernalia para mentes estólidas que ignoran la realidad histórica. De modo que el republicanismo histórico de Cataluña es una invención relativamente reciente. Su punto de arranque, como el del resto del republicanismo español, es la 2ª República, truncada por el golpe de estado del 36. Ningún nacionalismo dentro del Estado puede reclamar un origen más antiguo.
    Aceptada esa premisa de un republicanismo legitimado por la historia truncada del siglo XX a causa de la Guerra Civil y el régimen fascista, la partida ideológica se plantea de nuevo en dos bandos. Es una tremenda simplificación, pero no es menos cierto que asistimos a ella cada día con mayor intensidad en los medios y en los círculos de la política diaria. La piedra de toque sobre la que debería fundarse el "patriotismo constitucional" al que se alude más arriba debería ser la superación real y mental de los resabios del régimen fascista de 1936-1976. Para eso hace falta desenterrar a los muertos que aún yacen en las cunetas y junto a las tapias de los camposantos; dar una versión no ideologizada de lo que sucedió en aquellos años, para aprendizaje de las generaciones actuales y venideras; y borrar cualquier objeto físico o mental que esgrima la más mínima justificación de aquellos años. También la Transición debe ser revisada en su lectura histórica, del mismo modo que la Constitución debe ser revisada para adaptarla al simple paso del tiempo.
    Pero para todo eso hace falta un consenso que es muy difícil lograr.
    Una definición de manual del "patriotismo constitucional" solo puede ser generosa con los menos favorecidos; se me hace, por lo tanto, más próxima a los postulados sociales de UP. Pero esa premisa es una de las que más asusta a las fuerzas reaccionarias. UP esgrimía la Constitución en las dos campañas electorales que llevaron al Gobierno a Pedro Sánchez. Esa idea del cumplimiento de la Constitución en la práctica diaria del gobierno es una idea altamente corrosiva para el PP y VOX, que solo pretenden boicotear a través de una oposición en la que no hay reglas y esclerotizar el sentido prístino de la expresión apropiándoselo del modo más burdo, como ha ido haciendo con otros símbolos: la Monarquía, la bandera, la idea de España, la misma Constitución, una parte del poder judicial...

jueves, 5 de agosto de 2021

DE ESPAÑA


 



"Las naciones necesitan mitos compartidos y España -salvo la guerra de Independencia y el gol de Iniesta- no los tiene" 
 
1

Se puede hablar de España desde dos conocimientos distintos, que engloban a todos los demás: las vivencias personales de un español que ha vivido siempre en este suelo y ha conocido, fundamentalmente, compatriotas y las lecturas que uno haya frecuentado, la de españoles anteriores o contemporáneos que hayan pensado también en su patria.

En cualquier caso es una reflexión ‘de riesgo’ puesto que se trata de un problema a la vez concreto y abstracto, y el punto de vista, si se quiere la mentalidad o la ideología determinan sensiblemente el acercamiento a priori al problema. A ello hay que añadir la determinación que supone el momento concreto de España desde el que se reflexiona o escribe. Hay siempre, para quien piensa en España, ciertos puertos inevitables en los que uno siempre ha de detenerse, aunque pretenda originalidad de planteamiento. Esos puertos son más bien personas o generaciones y suelen repetirse casi siempre, especialmente Ortega, y con él José Antonio, Unamuno, el pensamiento regeneracionista, ciertos políticos e intelectuales como Azaña, historiadores como Américo Castro, Sánchez Albornoz, etc., sin olvidar ensayos importantes más recientes como los de Álvarez Junco, entre otros.

Uno de los últimos en atreverse con el tema ha sido Santiago Alba. Alba es un filósofo de filiación conocida, explicitada por él, una izquierda de formación fundamentalmente marxista, pero suficientemente atenta a los errores de enfoque tradicionales en la izquierda dogmática española. Su libro, con el escueto título de “España” es una contribución importante, donde las reflexiones –que nunca pretenden ser de un <historiador>- se mezclan con interés con las propias vivencias de español que vive fuera, en Túnez, aunque esté enormemente atento a las novedades peninsulares.

La tarea además dejará, para él y otros, frutos exiguos, puesto que en la construcción sentimental-emocional que uno se hace de España solo convencerá a quienes se aproximan a su sensibilidad (aunque se haya abierto a otras) y será rechazada de plano por visiones contrapuestas, las de la <derecha> en un sentido amplio.

2

Desgraciadamente, muy desgraciadamente, porque no se entrevé solución, todavía casi cualquier interpretación –por muy integradora que se pretenda- será tildada de derechista o de izquierdista. Hay un dualismo que parece insuperable, ejemplificado por el mismo Alba, en la pugna en elevar al patronazgo de España a Santiago apóstol o a Santa Teresa, símbolo esta última de otra España posible. Sin embargo, Alba encuentra un “carácter español” idéntico en lo antitético, entre el católico histórico tradicional y el anti-católico histórico tradicional: la misma furia excluyente, en el clericalismo y el anticlericalismo por ejemplo. Y no le falta razón.

 

3

La derecha, o cierta derecha al menos, tiene una idea muy clara, falsa pero clara, del ser de España. La de la derecha extrema está muy próxima a la visión tradicional más montaraz e intolerante y sus mitos son los mismos del franquismo. Por ahí no hay novedades. Más difícil es saber la visión sincera de España de los partidos tradicionales, PSOE y PP. Por supuesto, no serán inequívocas, contendrán pluralidad en sus cabezas pensantes, pero nunca hemos oído una visión completa y coherente. ¿Se puede deducir de hasta cuánto de incluyentes son al rescatar nombres de la Historia? Se me dirá que la visión socialista de España es conocida, coincide con la tradición primero liberal, luego socialista; y que si algo ha tenido el PSOE ha sido intelectuales y catedráticos con una idea muy formada de España. Sin duda; pero nunca hemos sabido la visión de España, la interpretación de su pasado por parte de sus dirigentes principales. Nunca hemos sabido que lectura de la Historia de España tiene Felipe González, o Almunia o Bono. Ha faltado esa pedagogía necesaria. Al margen del no atrevimiento a tocar el tema de los crímenes del franquismo, los gestos pro-republicanos han sido muy recientes (en Zapatero, en Sánchez) y casi necesarios y defensivos contra la reacción montaraz del otro lado en materia de memoria histórica.

Hablábamos de Felipe González. Parte de los problemas y las decepciones habidas con él pueden tener algo que ver con todo esto. No sabíamos que el verdadero propósito de González a finales de los años 70 no era el socialismo sino la modernidad. Lo comprobamos después. Una modernidad ejecutada conscientemente y sin piedad, fructífera en muchos aspectos, pero con lagunas de déficit democrático, que el mismo Alba no deja de señalar.

 

4

Hoy es un momento mundial en el que se reflexiona sobre las “responsabilidades” de las naciones europeas por su pasado colonial y racista, en el caso de los EE.UU. Francia, o Macron, pide perdón por los excesos en Argelia, Alemania por Namibia, Canadá por su violencia contra los nativos… Pronto todo el mundo deberá admitir que los genocidios étnicos, culturales, etc., comenzaron antes de los campos nazis y se evidenciará la violencia horrible con la que se llevó adelante el colonialismo imperialista.

España, no porque lo pida el presidente de Méjico, deberá hacer una reflexión y un balance sobre la Conquista; también sobre su papel colonial en Marruecos. Forman parte de la historia, incluso de la Historia que algunos glorifican sin matices. ¿Cómo debe la izquierda posicionarse sobre todo ello en el marco de una reflexión sobre España?


 

 

 

 

 

 

 

martes, 20 de julio de 2021

Como en un espejo II. 1. SEGUNDOS

 

“Segundos”

20/07/21


 



Una cuestión interesante de dilucidar es la figura del “segundo”. El infalible “segundo” tras un “primero”. El eterno segundón se llamaba siempre al ciclista Raymond Poulidor. Eterno segundón es, casi, una expresión metafísica, porque habría que resolver primero si esa segunda posición no encubre realmente una posición primera o, por ejemplo, tercera. ¿Segundones ilustres? Pablo de Tarso, ¿fue en realidad, o es, el “segundo”? Hay muchos que lo consideran el primero, el que impuso sus tesis y su visión. Otro ejemplo claro: Engels respecto a Marx. Aquí parece más consolidada la posición. La Historia lo ha querido así. ¿Más segundos? ¿Franco, un falso segundo respecto a José Antonio? ¿Cuál de los Hermanos Marx, tras la incontestable preeminencia de Groucho? Parece justo decir: ¡exaequo Harpo y Chico! Entre los Castro la jerarquía parece evidente.

   ¿Y en el arte? ¿Cuestión de gustos? ¿Bernini tiene prelación sobre Borromini? En las parejas famosas, ¿quién es segundo, quién en los Hermanos Calatrava, en los Rolling Stones, en Simon y Garfunkel?

   Existe también la posibilidad, más retorcida, de considerar a alguien segundo respecto a sí mismo, en el sentido de una fase de su vida, de su producción creativa, en que se rebaja, se inautentifica respecto a sí mismo. Aquí los ejemplos son inacabables, sobre todo para quienes hemos seguido la evolución de muchos grupos de rock, y consideramos sus producciones, sobre todo “posteriores”, indignas de otras épocas. Ahora no quiero dar ejemplos. También ocurre, y abundantemente, en la Hª del arte. Se decía, por ejemplo, de Zurbarán quien, al dulcificarse, al amurillarse, perdía autenticidad; y de Dalí, y de tantos…

jueves, 15 de julio de 2021

PRIMER POEMA DE "EL DIVÁN DE CLÍO" DE ENRIQUE GRACIA BONDÍA

 




JULIO CÉSAR (44 a. C.) 

Es fácil vivir con los ojos cerrados 
cantaban aquellos muchachos de Liverpool 
en la canción más célebre de Lennon antes de separarse.
 Pero no es fácil morir con los ojos cerrados 
es lo que pensé cuando me vino encima 
 la acometida bárbara de aquellos matarifes. 
Creo recordar que miré el rostro de mis asesinos 
con el mío pasmado de incredulidad al notar 
 que manaba la sangre de mi cuello mientras
 buscaba apoyo en los fustes de mármol con la espalda.
 Un fugaz pensamiento de esto no está pasando

 y la mano teñida de rojo en la columna
 antes de una quemazón en el tórax que fue definitiva. 
Unos segundos después togas de senadores sobre mi cuerpo 
 ya desfallecido y la imagen de Bruto 
a quien Dante sitúa en el infierno (¡por muchas eternidades!).
 Es extraño que mi último pensamiento fuese para Calpurnia 
aunque seguro que pareció grato a los dioses
 en vez del arrepentimiento por mis vicios
 o el odio tribal contra mis verdugos. 
No hacía falta tanta prisa por cruzar el Rubicón. 
 Pero en verdad la suerte estaba echada. 
Por qué no hice caso al viejo que me avisó de los idus de marzo. 
Me burlé de su mal augurio cuando me dijo
 que hasta la media nox aún era jornada.
 No recuerdo el rostro que tuve en vida. Me imagino con el de Louis Calhern 
 mejor que con el de ese británico risueño de Rex Harrison. 
Tampoco me disgusta la nariz enorme que me puso 
el galo Uderzo. Demostró un gran olfato.
 Después de Octavio muchos enloquecieron: 
Tiberio el medroso 
Calígula el salvaje Nerón el monstruo. 
Que la tierra les sea leve como fue para mí 
el dulce calor de la sangre que fluía de mi cuerpo 
a las puertas del Senado en los idus de marzo. Pero Roma olvida pronto a los mártires 
porque tiene demasiados en sus listas.
 Veni, vidi, mortuus sum

DE LOS SEGUIDORES DE VATTIMO

 




 

Parece que los escritos de G. Vattimo (Turín, 1937) que significaron su «vuelta» a un pensamiento cristiano, es decir, Creer que se cree, El futuro de la religión (con R. Rorty), etc. Han tenido continuidad e intérpretes entusiastas en España, por lo que dice y representa Jesús Lozano Pino[1] y –según nos cuenta- Teresa Oñate. Nos referimos naturalmente a las tesis wattimianas referentes a su idea de que la «muerte de Dios» y la «disolución de la metafísica» de Heidegger, habrían contribuido al fin de una dogmática cristiana «fuerte», intolerante, metafísica y represiva, abriendo la secularización la posibilidad para una recuperación «auténtica» del cristianismo, a través de la imagen-fuerza de un Cristo kenótico, «débil», que permitiría un horizonte despejado para la práctica de la cáritas, el único y verdadero imperativo categórico del cristianismo. Tal idea –que siempre compartimos con Vattimo- es complementada al final del artículo con las aportaciones de René Girard, sobre el carácter del Nuevo testamento como desenmascarador de la dinámica violenta de las religiones pretéritas. Ciertamente, Girard y Vattimo mantienen ideas completamente divergentes sobre Nietzsche, pero este es, desde luego, un problema distinto.

   La tesis de Lozano Pino versaba sobre este aspecto del pensamiento del filósofo turinés y sus aplicaciones teológico-políticas. Le agradezco, además, que me cite en el artículo y en la bibliografía.

  El artículo también comenta una idea que reflejaba A. Arendt en su libro sobre Marx; la imposibilidad de llamarnos “no cristianos”. Dicho de otra manera: la imposibilidad de salirse de la «tradición» aún estando en contra de ella.

   Por lo demás compartimos los diagnósticos sobre la forma de actuar de gran parte de la iglesia institucional en el mundo y sobre la intención de actuar de este modo:

 

La clave es debilitar las estructuras n los diversos ámbitos metafísicos de poder, disminuyendo social, política y religiosamente todo tipo de violencia[2]

 

 

La historia de la secularización es parte de la historia de la salvación.



[1] J. Lozano Pino: “Dios es amor y si no, merece que lo matemos”, Pensamiento al margen, Revista digital, nº especial Gianni Vattimo, 2018.

[2] op., cit., 372-373.

jueves, 18 de marzo de 2021

EL PODER: FOUCAULT Y LOS MARXISTAS

 


El problema del poder recorre, como es sabido, la obra entera de Michel Foucault. No trataremos específicamente este más que importante problema, esencial para comprender cualquier forma de sociedad. ¿Qué es el poder? Evidentemente para Michel Foucault no es un «centro», un «lugar», sino, quizás, una «red» de métodos, procedimientos y fuerzas actuantes. En este sentido sería una afirmación falsa (¿falsa o incompleta?) decir: todo el poder reside en el estado en la monarquía absoluta. De la misma manera: los dueños del «capital» son el poder de, por ejemplo, el mundo actual.

    Tender a ver el poder como un centro, lugar, estructura o institución, hace muy fácil confundirse acerca de la naturaleza del poder; o puede ser un hábil reclamo para eludir una reflexión a fondo sobre aquel. Por ejemplo: la sobreexposición continua del poder político, de los políticos, de las instituciones que gobiernan y deciden, lleva a que la única exteriorización o forma del poder que se nos hace presente es la del «poder político». Si no vemos continuamente, abusivamente, otra forma de actos de poder o contra-poder que los que emergen de la política, podemos tender a pensar que allí está la verdadera fuente del poder real. En este sentido se puede interpretar que la continua y casi única exhibición, impúdica, de fuerzas de poder que lo mm.cc. exponen es la política. Ese hecho puede sobredimensionar la importancia que damos a la vida política como conformadora de realidad y que ésta, con su luz extra-brillante ciegue la inteligencia para ver otras formas más sutiles de poderes en movimiento.

   Como decía Carlos M. Rama en un viejo artículo (El Viejo Topo nº 22 Julio, 1978), tal vez una de las inteligencias de los verdaderos poderes sea distraernos con las exhibiciones del poder que llegan de sus «empleados». Así, decía él, en el franquismo tendemos a dilucidar la cuestión del poder en términos de poder absoluto del dictador, poder del sector falangista, de la iglesia, del ejército, etc. Con ello olvidamos los verdaderos amos de la dictadura franquista: Quiénes quisieron la Guerra Civil, quiénes se beneficiaron de la larga dictadura, quiénes veían que sus condiciones no peligraban en democracia, etc.

  Sin embargo, como él explica, no era tan difícil advertir quiénes detentaban el poder en la España de la restauración. No eran las instituciones «naturales» de España: monarquía y Cortes; sino que la cuestión se jugaba en el terreno mucho menos heroico del mundo rural: los verdaderos dueños de España eran la oligarquía y los caciques. Del mismo modo no es difícil rastrear qué familias, qué grupos querían acabar con la república para recuperar su situación anterior; qué poderes se beneficiaron del franquismo, qué nuevos grupos sociales se le incorporaron y quienes, con solo “migajas” y pequeños empleos, oportunidades y favores se apuntaron a la defensa del paternalismo franquista.

 

2

La cuestión del poder: quién lo ejerce, lo modifica, lo pierde, etc. Es evidentemente esencial en el trabajo de los historiadores; pero es evidente que el poder se ha tratado siempre como un centro, unas instituciones, una estructura con las funciones diversificadas y que el estado ha sido el protagonista por excelencia de ese poder, sin olvidar su otra pareja determinante, el poder económico. En la polémica de Foucault con los marxistas, estos parecen reprocharle –dice Dominique Lecourt- que olvida el hecho nodular de la lucha de clases y el papel determinante del estado en esa lucha, a favor precisamente de una de esas clases. Siguiendo con ele ejemplo anterior, el poder Canovista administraría fundamentalmente los intereses de las oligarquías territoriales, fundamentalmente agrarias; trataría de entendersey cooptar los intereses de las burguesías periféricas (catalanas, vascas) con desiguales resultados y, como mucho, habría intentado abrirse a nuevas clases medias urbanas y profesionales amantes del orden. En esquema, visto así, la interpretación de la fase de la restauración parecería muy plausible; y en efecto encajaría interpretar las dictaduras de Primo de Rivera, primero, de Franco, después, como golpes de fuerza para evitar el desmoronamiento de un orden y de unos intereses amenazados por la anarquía o la democratización plena en el primero, por las reformas profundas en el segundo. En este sentido cabe comprender perfectamente que, al menos en algunas generaciones de historiadores pasadas, se pudiera decir que historiador y marxistavenían a ser casi la misma cosa. Como mucho se podría modular y discutir la relativa autonomía o no del estado de las clases dominantes, en estudios tan ricos y sugerentes como el de Theda Scokpol (El estado y las revoluciones sociales). Pero, ciertamente, Foucault parece el primero que busca la diseminación y actuación d elos poderes fuera del marco estatal o el puramente represivo. Hay un poder, una sujeción y una vigilancia que se ejerce en la familia, en la escuela, en la cárcel o en el manicomio. ¿Por qué tiene que haber conflicto o incompatibilidad entre el poder de clase ejercido por las instituciones superiores y los micropoderes que se ejercen en otras cotidianeidades. Las acusaciones contra Foucault provenientes del ámbito marxista de entonces (¡también de M. Cacciari!) solo se pueden entender desde la especie de autoproclamado monopolio de interpretación verdadera que ejercía el marxismo, al menos en la intelectualidad francesa que aparece llevar siempre en estas cuestiones la voz cantante. Todo ello pudo hacer que se malentendiera Las palabras y las cosas y muchas otras polémicas. Que cambien los métodos de sujeción y control de los individuos, de la sociedad del castigo a la sociedad de la vigilancia y las rutinas, no parece indicar que se modificara el hecho sustancial del control y de la represión social, ni que esta tuviera una clara procedencia de clase. Hoy esta polémica nos parece estéril, fruto de la empanada teórica de aquellos años, sucedidos ciertamente por un debilitamiento del pensamiento o por la conversión de los intelectuales en otra cosa, desde luego mucho más conformista y menos liberadora, mediática, a la manera de los nuevos filósofos, todos los cuales hicieron el triple salto mortal desde el maoísmo o similares hacia posiciones conservadoras, en Francia y en España. Mientras los estudios de Foucault, que no deben ser absolutizados a la manera en que se hizo con Marx, siguen produciendo profundos frutos en un sentido emancipador.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

 

¿CÓMO INTERPRETAR LA NUEVA EXTREMA DERECHA ESPAÑOLA?

 

La supuesta «anormalidad» española, esto es, que entre nosotros no existiera una fuerza de extrema derecha con representación institucional ha dejado de serlo. ¿Ya tenemos nuestro FN, AfD, Amanecer Dorado o Salvini de turno y, por tanto,somos homologables con el resto de Europa en este desgraciado asunto? La respuesta no es un sí completamente rotundo y sin matices. Como toda lógica indica que de la nada nada puede nacer, hay que pensar que «algo» parecido a la extrema derecha ya estaba aquí, en potencia, si seguimos la expresión aristotélica; y solo en los últimos dos o tres años se ha convertido en acto, es decir, ya  ha ocupado su espacio, nada desdeñable, en el entramado local, autonómico y estatal en España. ¿Dónde y por qué estaba en potencia, es decir, por qué no se manifestaba con plena expresión de sus contenidos?  La explicación más plausible es que hasta cierto momento se encontró «cómoda» dentro del Partido Popular. 

   Si atendemos las explicaciones dadas por los mismos portavoces de Vox, las razones de su «salida» o disidencia del PP se derivaría de  factores como los siguientes: primero, no defender con suficiente firmeza la unidad integral e indivisible de la nación española,  como demuestra  la,  según ellos, «tibieza»  de Rajoy  ante el Procés; segundo, las políticas permisivas ante la inmigración ilegal, es decir, el mal control (no suficientemente represivo) de las fronteras meridionales de España, lo que habría permitido la «invasión»,  no tanto de la multiculturalidad cuánto de la uniculturalidad  islámica, que es la que ellos odian por encima de todo.  Tercer asunto: demasiados poderes para los «Reinos de Taifas» en los que se ha convertido –dicen- el Estado autonómico.  Cuarto: políticas impositivas y fiscales excesivas, sobre todo para las capas altas de la sociedad.  5º: una tolerancia cultural y moral intolerable ante fenómenos como la homosexualidad, el feminismo, etcétera.  Por último, una excesiva blandura de los populares para con los fenómenos de memoria histórica, una permisividad inaudita para que la izquierda «altere» hechos históricos incontrovertibles del pasado, asumido (y liquidado) -creen- por la Transición. 

 

   ¿Qué fórmula sale de todo este conjunto de posturas que se pueden resumir en: nacionalismo español extremo, reivindicación de la obra histórico-social y cultural de la dictadura (de la que se reproduce su lenguaje más beligerante: frentepopulismo, socialcomunismo, etc., con el único añadido novedoso de «bolivariano»), xenofobia (léase islamofobia), virulento ataque a los avances en materia de igualdad, género, modelos de familia, etc.?

   La simplificación más común nos haría decir ¡fascismo!, pero esta fórmula –hoy más un insulto que un análisis- nos hace avanzar muy poco. El concepto «nacionalpopulismo» es para nosotros igualmente inútil, pues, como dice Enzo Traverso (Las nuevas caras de la derecha), «populismo» es un concepto tan explotado, manoseado y reiterado que habla más de quien lo enuncia que de la cosa que pretende describir.

   Evidentemente es interesante comparar el fenómeno de esta «nueva» extrema derecha española con sus hermanas de Europa y establecer diferencias y similitudes; pero hay que tener en cuenta que la derecha radical europea no es del todo homogénea y, además, ha pretendido (quizás logrado) evolucionar en sus años de vida, como demuestra el caso del Frente Nacional francés. En cualquier caso, la une con ellas, en primer lugar, la xenofobia antimusulmana, el problema de la inmigración, el «peligro» de una perversión de la verdadera «nación» blanca y cristiana (como a Trump). Aunque se señala que hay extremas derechas europeas tolerantes con las diferencias en los modelos de vida y, sobre todo, que algunas de esas derechas europeas han llenado de contenido «social» sus programas, pretendiendo atraer a sectores obreros hipercastigados por las sucesivas crisis y los modelos liberales de desregulación y precariedad. Hasta ahora Vox habría sido la excepción por su programa económico ultraliberal y de adelgazamiento radical del gasto público del Estado; pero, como era de esperar, esto está cambiando puesto que no solo con retórica se pueden ganar a ciertos sectores vulnerables y cada vez más ofrecerán la cara «social» de su programa.

   Entonces, ¿cuál es la especificidad de la extrema derecha española? Yo creo que para enfocar mejor el análisis hemos de ver su procedencia sociológica y las particularidades de la historia de España reciente. El fascismo español no fue derrotado como el alemán o el italiano sino que, victorioso, duró cuarenta años y desde el primer día hasta el último hizo gala de la «victoria» y de su nula voluntad de reconciliación con la otra media España. La cultura franquista impregnó hasta hace no tanto a una parte nada desdeñable de la población española; buena parte del cuerpo social español se «benefició» de la dictadura, prosperó si no gracias a ella sí durante ella. Todo esto, es indudable, dejó unos considerables cientos de miles de españoles, o bien directamente franquistas, o bien más complacientes y aceptadores que críticos de la obra y el resultado de franquismo. Parte de esa cultura «franquista» fue transmitida, asumida y reactualizada por una parte de las clases acomodadas (y otras no tanto), cuyo balance del franquismo es indudablemente favorable. Pero como nos muestran los análisis de Daniel Bernabé (La trampa de la diversidad) o Esteban Hernández (El tiempo pervertido. Derecha e izquierda en el siglo XXI), esas clases acomodadas españolas, las que se manifiestan con caceroladas pidiendo «libertad» en el centro del barrio de Salamanca, no son ya exactamente las «élites»; viven un desplazamiento de su posición tradicional de «dueñas» de España. Las verdaderas elites españolas no son de Vox, son «progresistas» en el sentido amplio de que aceptan y quieren la globalización, un comercio sin fronteras, continuar la lógica neoliberal, el multiculturalismo y la recepción de inmigrantes (el nuevo «ejército industrial de reserva»). Están bien representadas en Davos, en Joe Biden, en la troika, en un amplio espectro político que va desde el centro-derecha al centro-izquierda y, en definitiva, están lejos de la cutredad plebeya de Vox. No confundamos a este partido solo con las élites. Son otra cosa, desde luego más heterogénea; por supuesto hay franquistas, tardofranquistas y neofranquistas, pero también mucha gente cabreada y desorientada; interclasista en sus votantes pero netamente pija en sus dirigentes. Un cáncer político que, como señalan algunos autores, es una enfermedad propia de la senilidad de Europa.

 

lunes, 6 de julio de 2020


“criar un animal al que le  sea lícito hacer promesas…..”

“Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas….”
Nietzsche, G.M. Tratado I






L
os problemas más importantes de la llamada <<prehistoria>> siguen irresueltos. Porque el asunto fundamental sigue siendo establecer los mecanismos que convirtieron al animal en <<humano>>. Todo lo establecido por las ciencias es importante: los cambios físicos y biológicos, la exposición y explicación de los asuntos culturales (creencias, cerámicas, hábitats). Pero los mecanismos <<psicológicos>> de esa paulatina conversión se nos escapan en buena medida. Sólo nos está permitido hacer conjeturas. El marxismo decimonónico las hizo, el psicoanálisis también, entre otros. La explicación de Engels (en lo que yo recuerdo sobre el papel del <<trabajo>>) sitúa a éste en el centro de esta evolución. Es una hipótesis sin duda importante: efectivamente, el trabajo humano no es la <<labor>> diaria que realizan los animales. Estos, sí, efectúan labores cooperativas, con vistas a la caza o la defensa del grupo, por ejemplo. Pero esto no es trabajo humano. El trabajo tuvo que ser en principio, necesariamente, <<forzado>>. El ser humano tuvo que verse <<obligado>> a trabajar. La cooperación de los cazadores paleolíticos parece bastante <<libre>>; el problema lo plantea el trabajo <<productivo>> posterior, es decir, en las condiciones neolíticas. En estas planea ya la experiencia de la <<propiedad>>, una relación de producción dicho en sus términos, fuera del príncipe, de amo, del estado,…
  ¿Cómo convertir a una criatura que odia el trabajo en un trabajador? Solo se nos ocurre que en condiciones de <<superioridad militar>>. Eso al menos parece aclarar la conquista española y el forzamiento a las comunidades indígenas americanas al trabajo obligado “para otros” (españoles, poderosos locales, etc.). ¿Es el trabajo un <<tormento>> (trepalitum) como algunos interpretan la etimología del término?

   Entonces, ¿la idea de <<trabajo libre>> es una contradicción en los términos? Si recordamos bien, el marxismo, al menos el de Engels, es un decidido partidario del trabajo, puesto que este habría transformado al <<mono>> en hombre (recordemos que él escribía en un fuerte momento darwiniano); y, aunque a través de de los diferentes modos de producción, el trabajo haya seguido siendo alienante y cosificador, ello no está en la naturaleza del trabajo, sino en la forma que toma, en la relación de producción bajo la que se ejerce. Llegará un día en que el trabajo será <<libre>> e incluso que desaparecerá en cuanto tal.

   No sé si complementariamente las aportaciones freudianas pueden ayudar a profundizar un poco más en aquellos tiempos. Sí la energía humana se gastaba improductiva y libidinalmente en condiciones, digamos, pre-estatales, ¿Cuánta pérdida de pulsión instintiva, de sexualidad <<libre>> fue necesaria para obligar a los hombres al trabajo, al servicio de otros o del poder?[1] ¿Comienza aquí la desexualización de la especie, que llega a su paroxismo en el modo de producción capitalista? ¿Cómo repercute todo esto en las estructuras familiares? ¿Se establecen con mayor fuerza patriarcados autoritarios, precisamente porque han cambiado las formas de producción y reproducción de la vida?

   Mas, por último, el trabajo conlleva <<obligaciones>>, continuidad en un ejercicio consciente de dis-placer. ¿Cómo conseguir esto del animal? Aquí Nietzsche no renuncia a las explicaciones <<materialistas>> de aquella prehistoria, puesto que la consecución del animal <<obediente>> se produce en el contexto de las obligaciones contractuales acreedor/deudor. A base de castigos, de ejercer dolor para que algo no se borre de la memoria, se consigue un “animal capaz de recordar seis o siete cosas”, como nos explica en el Tratado I. Aunque esto, a nosotros nos plantea un problema: para que se produzca esta <<imposición>> consciente al semianimal humano, alguien tuvo que ejercer ese programa de <<domesticación>>; es decir, alguien tenía que haber salido en buena parte de la <<inmanencia>> para ser capaz de proponer fines y medios, el <<acreedor>>, ¿cómo lo consigue? ¿Cómo se eleva la conciencia humana en unos hombres antes que en otros y por qué? ¿Cuándo ocurre esto? ¿Lo clarificaremos alguna vez?





[1] En el nacimiento de la <<mala conciencia>> como afirmaba Nietzsche en la misma Genealogía de la moral.

MERCANCÍAS FICTICIAS. RECUPERANDO A POLANYI

El cuaderno 216 de CJ (Cristianisme i Justicia) dedica su análisis que llama "Mercancías Ficticias" a recuperar la figura...