PÁGINAS

miércoles, 1 de junio de 2022

AGAMBEN: JESÚS Y PILATO



 Un breve ensayo del filósofo G. Agamben (1942) sobre el proceso que sufre Jesús ante Pilato[1] obliga a pensar exnovo un episodio que siempre habíamos resuelto con las lecturas obvias: el escepticismo de un romano ante las sutilezas profético-religiosas de los judíos; la falta de decisión del magistrado; la maldad del Sanedrín; la incomprensible reacción de la chusma prefiriendo a Barrabás; la famosa sentencia ¿qué es la verdad?, etc,… Ahora Agamben nos obliga a repensar el episodio (más explícito en el evangelio de Juan) desde otras perspectivas. Ya en La Iglesia y el Reino reflexionaba sobre la diferencia entre el tiempo sagrado (aquel que conocía y ha olvidado la Iglesia) y el profano dominante, el que ha instaurado hegemónicamente la oikonomía, es decir el tiempo completamente secular de la actividad humana, la historia, si se prefiere. Ahora en Pilato y Jesús (2013) reaparece este asunto dentro de un problema más general: el proceso de Jesús no fue en ningún modo un jucio; tampoco hubo condena, y su ejecución no fue la aplicación de una pena.

 

EL PROBLEMA DEL TIEMPO CRISTIANO

  En aquel ensayo, recordemos, Agamben venía a hablar de un llamémosle error en la percepción de la importancia del tiempo para los cristianos. El cristiano tendría (o debería tener) presente dos tiempos en su existencia: el tiempo real, cronológico, de su vida y, quizás, el tiempo final, el de la consumación de los tiempos, el tiempo escatológico en general, el tiempo del Juicio; convirtiendo de ese modo en esencial el tiempo-tensión que media entre ellos, es decir, el tiempo que resta.

Ambos tiempos –el escatológico y el profano- no se comunican. La “vida del mundo futuro es ajena al tiempo. Mas, cuando los cristianos antiguos creyeron que el tiempo que restaba era breve (esto es claro en Pablo, por ejemplo), entendieron que su estancia en la existencia actual era un tiempo de «hospedaje» (este es el sentido etimológico de «parroquia», de paroikeîn, “hospedarse como un extranjero, dice Agamben). Cuando la comunidad cristiana comprendió que la venida mesiánica no era inminente, cambió y creó una organización institucional y jurídica estable. Pero, con el tiempo sostiene- la Iglesia ha perdido la experiencia mesiánica del tiempo.

   Más complicado es explicar la naturaleza de ese «tiempo» que es el tiempo cristiano por excelencia; que no es exactamente el tiempo que media entre el tiempo presente y el tiempo escatológico, sino más bien una transformación cualitativa de ese tiempo; es un tiempo que se define a la vez por un «ya» y un «todavía no». Ese tiempo se expresa en Pablo a través del tiempo presente: «…viene como ladrón en la noche» y las referencias al Mesías no dicenel que va a venir” sino “el que viene. También Jes expresa la inminente llegada del Reino como futura y presente a la vez en numerosos pasajes evangélicos (Os digo que no pasará esta generación,… Mat 24:34)

   Lo que quiere aclarar Agamben es que el tiempo mesiánico no es el tiempo apocalíptico; y que para el cristiano es el primero el verdaderamente importante:

Lo mesiánico no es el fin del tiempo sino el tiempo del fin. Lo mesiánico no es el fin del tiempo sino la relación de todo instante, de todo kairós, con el fin del tiempo y la eternidad[2]

Por tanto, ese tiempo fundamental es una “transformación radical -dice Agamben- de la representación y de la experiencia habitual del tiempo. Como es lógico, una transformación así de la experiencia temporal solo puede darse en el mismo instante de una transformación completa del ser o, como dice Agamben, “de nosotros mismos y de nuestro modo de vivir (p. 60).

  La expresión más acabada, comenta, de esta transformación es la que encontramos en 1 Cor 7, 29-31, la famosa cita del «hos mé» (como si no):

El hos mé, el «como si no», significa que el sentido último de la vocación mesiánica es la revocación de toda vocación [3]

   La iglesia hoy, dice el filósofo, ha olvidado leer las señales del tiempo, ha olvidado reconocer en su curso [el de la historia] la economía de la salvación. Pero esta concepción del tiempo es para él fundamental como oposición-tensión  al que retiene y difiere el fin a lo largo del curso lineal y homogéneo del tiempo cronológico, es decir, al tiempo dirigido por la Ley o el Estado, el cual está volcada en la economía, es decir, en el gobierno infinito del mundo (pp. 64-65). La debilidad de la exigencia escatológica acrecienta el omnipoder de sus formas paródicas y secularizadas (de la economía, de la hipertrofia del derecho y de los gobiernos) que continuamente parodian en forma de “crisis y excepción permanente el Juicio Universal:

A medida que la percepción de la economía de la salvación en el tiempo histórico se debilita y cancela, la economía extiende su dominio ciego e irrisorio sobre todos los aspectos de la vida social [4]

   Para Agamben, la legitimación y la supervivencia de la Iglesia es, precisamente, no abandonar esa concepción de la vida y de la existencia como tiempo mesiánico, el como si no. Si prescinde de sus propios fundamentos puede convertirse en una institución más, corriendo la misma suerte que todas. No puede ser solamente una gigantesca ONG, no puede ser solo «conciencia» del mundo en un mundo sin «conciencia» (a la manera del papa Francisco), porque esa misión la pueden desarrollar otras ideologías. No puede animar a pensar solo en el fin (la salvación) ignorando los sufrimientos y desigualdades de la vida real (como harán los conservadores cristianos), pero no puede solo combatir los problemas del siglo y justificarse desde la ética (como haría una iglesia únicamente progresista). Este es su reto.

 

 

EL <JUICIO> DE JESÚS Y SU IMPORTANCIA PARA LA HISTORIA

 A partir del juicio de Pilato, Agamben conecta con esta problemática de los dos tiempos, que viven de espaldas entre sí: el tiempo abocado a una consumación que nos enseñaba el cristianismo clásico y el tiempo del puro quehacer humano que se reproduce y se transforma sin horizonte de duración. La extraña resolución del juicio de Jesús ahonda en la imposibilidad de que los tiempos coexistan en armonía. Dice Agamben:

Si Pilato no emitió un juicio legítimo […] cae también con esto toda posibilidad de una teología política cristiana y de una justificación teológica del poder profano. El orden jurídico no se deja inscribir tan nítidamente en el orden de la salvación, ni este en aquel. Pilato, con su falta de resolución […] dividió para siempre los dos órdenes; cuando menos, hizo insondable su relación. De este modo condenó a la humanidad a una krísis incesante, incesante porque no puede ser decidida jamás de una vez y para siempre.

   La irresolubilidad implícita en la confrontación entre los dos mundos y entre Pilato y Jesús se comprueba en las dos ideas-clave de la Modernidad: que la historia es un “proceso” y que este proceso, por cuanto no termina en un juicio, se halla en estado de crisis permanente. En este sentido, el proceso de Jesús es una alegoría de nuestro tiempo que, como toda época histórica que se respete a sí misma, deberá tener la forma escatológica de una novissima die, pero que ha sido privada de ella por la tácita y progresiva extinción del dogma del juicio universal, de lo cual la Iglesia ya no quiere ni hablar (pp. 53-54).

Deteniéndonos un poco en el famoso episodio entre Pilato y el Cristo, Agamben sostiene que en él difícilmente puede hablarse de “juicio”. Todo lo más estamos ante un “proceso”. No es un juicio porque nunca es formalizado como tal y, además, no se produce “condena”. Simplemente, el reo es “entregado” a los judíos[5].

   La dificultad que tenemos para llamar “juicio” a lo que ocurre entre Pilato y Jesús (no hay pena si no hay juicio, nulla poena sine iudicio), se extiende a la crucifixión: “A un proceso sin juicio le sigue una pena capital sin condena” (p. 48). Y se pregunta el filósofo:

   “¿Por qué el acontecimiento decisivo de la historia universal –la pasión de Cristo y la redención de la humanidad- debe tomar forma de proceso?” (p. 52)

¿Qué quiere decir, entonces, este punto oscuro del que se ocupa Agamben? ¿Que la legitimación del Imperio romano se tambalea? ¿Que no se cumplió escrupulosamente lo que estaba escrito que había de suceder, que Cristo fuera juzgado y condenado según la Ley de los hombres? Y esta cesura, esta no-correspondencia entre el proceso sin juicio de Jesús y su muerte sin condena, ¿por qué señala –a juicio de Agamben- una imposibilidad de entendimiento y correspondencia entre la ley humana y la divina?

   Lo que hace especial el tiempo de los hombres es que se va a acabar, que un juicio les espera y eso los coloca en una situación “provisional”; por eso se alude a las palabras de Pablo (I Cor. 7: 30): el tiempo es corto y por eso se ha de vivir como si no (hós me). Pero, ¿qué ocurre cuando el tiempo completamente profano (el de la “economía”, no ya el de la “salvación”) se instala como tiempo único, indolente, sin resolución, abandonado a la pura inmanencia del devenir? ¿En qué situación deja eso a los hombres que ya no tienen ninguna necesidad de vivir “como si no”, y pueden entregarse completamente al tiempo?



[1] G. Agamben, Pilato y Jesús, 2014.

[2]  op. cit., p. 58.

[3] Ibid, p. 61. Esta es también la exigencia radical planteada por Jesús al joven que quería ser perfecto (deja que los muertos entierren a los muertos…”).

 

[4] Ibid, p. 65.

[5] Desde el punto de vista del derecho, Jesús de Nazaret no fue condenado, sino asesinado: su sacrificio no fue una injusticia, fue un homicidio (Rosadi, pp. 407-408). Citado en Agamben, p.33.

lunes, 23 de mayo de 2022

EL ÉXITO

 

H

ablábamos, no mucho más arriba, de la «desgracia», refiriéndonos a seres que en otro aspecto fundamental de su vida tenían sobradamente «éxito». Habrá que preguntarse también por este último: qué es el éxito. ‘Exiit” supongo que es el origen de la palabra: éxito=salir fuera, salir de sí. En términos normales ser reconocido, haber alcanzado la excelencia, la originalidad máxima en un arte (la novela, la música). Resulta difícil definir el éxito, en tanto es, será, una vivencia subjetiva: habrá seres que para los demás lo hayan alcanzado y que, en sí mismos, sientan una extrema insatisfacción con sus creaciones. Puede que estos sean muy neuróticos. Recuerdo –he hablado alguna vez de ello- que W. Allen afirmaba que era consciente de que no firmaría nunca una «obra maestra» (Como Bergman, como Fellini). No hemos de dudar de su sinceridad a la vez que sabemos, nosotros, que las ha hecho, y más de una (Balas sobre Broadway, Zelig, La rosa púrpura del Cairo, etc.). Entonces, no hay un medidor objetivo del éxito. ¿No estaba Miguel Ángel siempre insatisfecho de sus creaciones hasta romperlas a martillazos? Podemos, no obstante, buscar ejemplos de éxito en una profesión o dedicación concreta en el que coincidan la opinión general y la apreciación subjetiva del exitoso. Nadie dudará de que este es el caso de Mario Vargas Llosa o Felipe González, o Juan Luis Cebrián. Pero, busquemos más cerca. Alguien más próximo, como Julián Casanova. Reconocimiento «externo» y complacencia «interna» de haber conseguido (evitemos la palabra triunfado) los más altos objetivos vitales en la profesión amada, en este caso la de historiador. El éxito puede durar hasta el final, puede ser post-mortem (lo que nos coloca en otra situación); también puede ser empañado o dilapidado por el propio hombre de éxito (como el rey Juan Carlos, etc.). Todo esto nos deja en una situación complicada para tratar de objetivar qué sea el éxito. Además, depende de la modestia o los logros propios. Gente que cree que le ha llegado el éxito por dirigir un periódico local, frente a aquel que no se da por satisfecho por no haber alcanzado el Pulitzer o la dirección del New York Times... El éxito nos está planteando demasiados problemas; y todo en él nos lleva o a la subjetividad del afectado o a los cambios sociales sobre qué sea aquello del éxito. Con lo cual no avanzamos. «Triunfo» o «éxito» parecen sustantivos inconvenientes como guía para hacer un juicio sumario de aquel a quien conocemos o admiramos.

   Casi toda la tradición más o menos cristiana nos ha advertido contra este sentimiento, aunque ande desbocado en las últimas décadas. Con razón religiones y filosofías sabias advierten contra los excesos del yo,  (Jesús, Buda, Montaigne, etc.). El sabio poeta castellano lo advertía con sencillez implacable:

 

Los placeres y dulzores

De esta vida trabajada

Que tenemos,

No son sino corredores,

Y la muerte, la celada

En que caemos

 

 

O también:

La gloria y el amor tras que corremos

Sombras de un sueño son que perseguimos;

Despertar es morir

 

No sin razón insistía la ascética cristiana contra toda forma de vanidad, incorporando siempre la muerte como freno a nuestras ínfulas triunfales. ¡Cuán necesarios se hacen ahora para los hombres aquellos temibles frenos que ahora no sirven! La imagen de San Jerónimo y la calavera, por ejemplo:

 


San Jerónimo, Antonio de Pereda, 1643

 

La idea de éxito, reservada posiblemente durante siglos a minorías sociales muy exigüas parece haberse vuelto hoy una posibilidad democrática, una posibilidad que ha roto todas las barreras sociales y se halla al alcance de cada uno en su pequeña o gran esfera propia. No parece sino que es la forma que ha adquirido la presión publicitaria y la obsesión de la economía por producir un tipo de individuo sin límites, sin autocontención, que es evidentemente el hombre que consume y viaja y es ambicioso y se come la vida y opina y sabe… El ser reducido a una vida llena de ascética es el antihéroe moderno por excelencia, no consume gastronomía, ni cultura, ni gimnasios, ni plataformas,… Puede ser bueno para el espíritu pero no para la economía globalizada. Si en algún momento Nietzsche dijo –con razón- que este era el auténtico “astro ascético”, habrá que preguntarse si la posibilidad del ascetismo como filosofía de vida, más que con los ideales religiosos solo encuentra su lugar de posibilidad en sociedades de desarrollo económico aún endeble, premoderno; y ahora, necesariamente en esta sociedad del derroche absurdo es una antigualla antieconómica. ¿Cuál es, entonces, el lugar del éxito?

 


miércoles, 18 de mayo de 2022

EL EQUILIBRIO CRISTIANO ENTRE ÉTICA Y TRASCENDENCIA

 

  Solo con estos textos....:
 
10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
 
Lucas 18:10-14   Reina-Valera  1960

 

 "A vosotros que escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, tratad bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian. Al que te golpee en una mejilla, ofrécele la otra, al que te quite el manto no le niegues la túnica

 Lucas 6:27-38

 


23
 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

Mateo 5:23-24
 
 
se construye un sistema ético completo. Pero este último texto de Mateo es especialmente interesante porque da prioridad al gesto ético sobre el sacrificial. Primero “soluciona” el comportamiento entre humanos y luego hacia Dios. Se puede decir con razón- que este dilema no existe en el interior mismo del credo de Jesús, puesto que al ser el prójimo “imagen” de dios mismo, la reconciliación con el hermano es inmediatamente obediencia a Dios.
Sin embargo, sí puede ser un dilema de elección para el individuo corriente que se quiere mover en el ámbito del cristianismo. En principio, lo que pudo empujar a cierta teología del pasado y a cierta práctica eclesial a poner el énfasis en la dimensión ética del cristianismo fue, por resumir, la conciencia de la <<muerte de Dios>>, es decir, como afirmaban aquellos teólogos (Hamilton, Altizer, etc.), la imposibilidad de dirigirse al hombre de la “era atómica” hablándole de milagros, resurrección, parusía, etc.
En ese contexto es perfectamente comprensible el “idilio” entre cierto marxismo y cierto cristianismo; es comprensible el movimiento todo de la Teología de la Liberación y los cambios de sensibilidad y actitud del sacerdotado occidental.
 
Pero queda la dimensión del misterio, que deja muchos interrogantes: ¿el cristianismo como ética es capaz de llenar completamente el ser, de
 evitarle toda forma de “vacío existencial”? (B. Welte)? Es decir, ¿hay algo en el ser humano que ni siquiera queda satisfecho con un comportamiento ejemplar, evangélico, hacia los demás? ¿Hay una dimensión trascendente, grabada a fuego en el alma de los hombres tras siglos de “práctica” religiosa, a la que hay que responder de algún modo?
 
Mas, toda dimensión de realidad “suprahumana” plantea o ha planteado históricamente un problema de “dominación”
(A. Aranda)]. Los mensajes de salvación tradicional (no solo en el cristianismo, pero también en él), ¿no han conllevado necesariamente el correlato de la opresión normativa, de la imposición forzosa de la verdad, de la violencia?
¿Será posible, entonces, una forma de valores asociada a una práctica trascendente que no suponga forma de opresión alguna? Es decir, ¿hay alguna forma de religión que pueda ser única y exclusivamente
 liberadora?

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 22 de abril de 2022

EL CRISTO DE LA CAÑA

 


            16/04/22

No extrañamos la parte del cuerpo que falta en un busto romano. Una pintura religiosa –por ejemplo de Luis de Morales- puede reproducir sin sobresalto solo el tercio superior de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, siempre he experimentado una zozobra de “amputación” ante el Cristo de la caña, obra de Gregorio Fernández que procesiona estos días por las calles de Calahorra. La perfección absoluta y la belleza de la parte “acabada” (rostro, cuello, brazos, pecho) es tal, que la brusca interrupción de su organismo humano y la sustitución un podio o pedestal turban profundamente nuestra sensibilidad. ¿Dónde está el resto de Cristo, la túnica púrpura, el cuerpo lacerado por el castigo? Es como un desagradable tormento infligido al ser más puro, un castigo más severo que la propia crucifixión, donde es el ser entero y la completa materia corporal quienes sufren la agonía: Padre, por qué me has abandonado?






 

domingo, 19 de septiembre de 2021

LA IZQUIERDA DEBE PENSAR EN TODO ESTO

15/09/2021


 

 El profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona, Carlos Femenías, publica un interesante artículo hoy en El País (“Sobre un giro tradicionalista en la cultura”).El título puede parecer exagerado.El contenido, sin embargo, es un notable análisis –y lo que me resulta especialmente interesante es que se hace desde la observación de dos áreas culturales a las que yo no presto ninguna atención: la literatura escrita por jóvenes autores (Sonia Hernández: El lugar de la espera; Ana Iris Simón: Feria) y por jóvenes músicos españoles, a los que a casi ninguno había oído mencionar: Rodrigo C. Cuevas, C. Tangana)- de “tendencias” que él descubre en estos nuevos creadores.

   Si todo parte de la frustración de una generación, aquella que fue masacrada por la crisis de 2008; una generación que –al menos en parte- da señales poco halagüeñas de refugiarse y reactualizar un repertorio de “antigüedades” y actitudes españolas ante la política, las identidades, etc., nada esperanzadoras. Habrá que preguntarse (el artículo lo hace en cierto modo) cómo de la emergencia de una juventud en las calles españolas (15-M) reivindicando cambios en un sentido netamente “progresista” (sin partidismos) y de justicia redistributiva, se muestra ahora una forma de “cultura” joven que disfruta con expresiones de un pasado (antes tachado de “casposo”) cultural-folklórico que la generación o las generaciones de la Transición y posteriores habían enterrado aparentemente para siempre.

   Lo preocupante es que quizás no se pueda desligar una forma de “cultura” de unas formas de comportamiento “político”. ¿Debemos relacionar ambas facetas?    

   Los profesores y maestros advertimos en los últimos tiempos una desagradable tendencia en muchos de nuestros alumnos a expresar cierta simpatía (o atracción, o interés) por las formas más vacuas del sentimiento “nacional”, e incluso cierto regusto con los mensajes de Vox. ¿Esto es, o va a ser, habitual entre españoles con una formación escasa y con difíciles expectativas para integrarse en el mundo laboral? Dice el geógrafo francés Guilluy[1] que estas clases “blancas” y con pocas oportunidades en la globalización pueden “refugiarse” en espacios de “seguridad” tan fáciles como un patriotismo irreflexivo, una identificación reactiva “fuerte” en cuestiones de género y, naturalmente, instalarse en una xenofobia marcada por las dificultades para competir por abajo por unos trabajos escasos en un contexto de debilitamiento de los estados de bienestar. Ch. Guilluy se refiere a la antigua “clase media”, donde incluye a la vieja clase obrera bien integrada, entonces, en el entramado social.

   Femenías, en su artículo, habla de una “nostalgia de signo neopopular”. Quizás el orgullo de pertenencia que antes se expresaba en la cultura “de clase” devenga, para desgracia de todos, hacia una identificación de parte del cuerpo social con viejos valores “autoritarios”, sumamente peligrosos. Fenómeno que se da a la vez –esto lo explica muy bien Guilluy- que estos grupos sociales asocian a las clases que viven en una situación “confortable” y a los ricos con un progresismo que se obsesiona con defender a las minorías, y con la alabanza acrítica de los mecanismos neoliberales. Como reacción –y los partidos de extrema derecha lo saben aprovechar muy bien- se puede conformar un cierto orgullo hacia lo rudo, lo espontáneo, lo directo y políticamente incorrecto, interpretado todo ello como señal de “autenticidad”; asociado a un cierto desprecio por la “refinada” actividad cultural de cierta derecha e izquierda más o menos clásicas. Volver a revivir, en definitiva, con nuevos ropajes, el tipo de “español” y de “España” que provoca miedo. La izquierda debe pensar en todo esto.

 

 

 

 



[1] Ch. Guilluy, No society. El fin de la clase media occidental, Madrid, Taurus, 2019.

MERCANCÍAS FICTICIAS. RECUPERANDO A POLANYI

El cuaderno 216 de CJ (Cristianisme i Justicia) dedica su análisis que llama "Mercancías Ficticias" a recuperar la figura...